Enero
de 1981 comenzó, como tantos otros años, con el final de unas pequeñas
vacaciones que me compensaron del mal trago de unas fiestas como las navideñas,
en la que los locutores de todo tipo hacían de prescripción familiar y en la
que las alegrías resultaban poco menos que obligatorias, pero que para mi fuero interno no era más que
un trago que, oscuramente, me hacía revivir algunos de los muchos traumas
latentes fraguado claramente en aquella infancia, cuando en estos días era más
patente que nunca que no teníamos nada, apenas un mal juguete amén de una
lúgubre tristeza ambiental. Aunque al principio me