De toros y toreros
Pero no siempre fue así. Yo me crié
en casa de mis abuelos paternos, quienes a no tener ya hijos de cuidar me
adoptaron como sí hubiera sido el último. Mi abuelo era un señor respetuoso y
respetado, alguien con una historia muy superior a la de sus hijos (hundidos
por el miedo a no significarse), y a mi abuelo Pepe le gustaba más que nada los
toros. Era alguien que sabía, que a pesar de la pobreza sabía lo que era una
corrida y que pertenecía al “mundillo” que en los años veinte discutía sobre el
arte de Cuchares. Obviamente me contaba estas cosas y durante un cierto tiempo
pensé que le daría una alegría si me convertía en torero.
Esta afinidad explica que la única
vez que me llevó al cine fue para ver Currito
de la Cruz (1949), del nefando Luís Lucía, en una
adaptación de la popular novela de Alejandro Pérez Lugín. Algo tuvo que ver el
hecho de que el abuelo recordara la versión que el propio autor había llevado a
la pantalla allá por 1921. vimos pues la versión de Luis Lucia de 1948 en la
que yo me hice eco de que la pareja de amantes compartían apellido (Jorge y Nati
Mistral), que Pepín Martín Vázquez. Esta afinidad vino igualmente acentuada por
un detalle biográfico curioso: mucha gente decía que yo había nacido “cuando el
miura mató a Manolete” / Linares, Jaén; 29 de agosto de 1947),
lo cual no era cierto ya que más de un año antes, pero no lo era en el sentido
de que nací una segunda vez en estas fechas porque sobreviví a una tuberculosis
gracias al favor de “la señora condesa” que tenía un hijo (“Camilito”) que no
era como ella. Él era bueno con los pobres como nosotros.
Por entonces ya estaba mayor y
enfermo, y lo suyo era rememorar historias del pueblo, cosas de todo tipo,
algunas curiosas, otras extravagantes. Pero las más persistentes eran las de la
guerra cuyas heridas marcaban dolorosamente a parte del vecindario que vivía o
que atravesaba con sus pasos solitarios las aceras durante las largas noches de
invierno aquel rincón de la calle San José que albergó a los abuelos ya
ancianos, a lo largo de los años cincuenta, un tiempo en el llegué a ser como
un hijo añadido al que, ya sin agobios
de los otros, podían dedicar sus mejores atenciones.
El hombre pasaba las horas muertas,
las visitas no eran tan pródigas, además, había el problema de los ataques de
tos, que podían ser terrible. En aquel tiempo leía todo lo que le caía en las
manos. Los hijos le ofrecían lo que tenían a la mano; el “Marca”, a pesar de
que los deportes no le interesaban y también El Caso, al que acabó abominando. Reclamó libros, y la única puerta
posible para ello era un primo, Pedrito Gutiérrez, que figuraba como la
eminencia del pueblo, era el que sabía de cine, de teatro. Incluso montó una
obra, “La Petenera”,
en la que participó mucha gente. Como sí se tratase de un favor especial, el hombre
accedió a prestarle algunos volúmenes de obras de Jules Verne y de Emilio
Salgari cuyas lecturas me animo a compartir lo que hizo como el que descubre
una maravilla hasta entonces oculta.
El declive del mundo taurino no ha
hecho más que crecer. Además, el rechazo a sus rituales ya no era cosa de un
señor excéntrico como se pensaba que era don Eugenio Noel (18851936), un republicano
que murió en la miseria en una cama alquilada de un hospital barcelonés; al
enviarse su cadáver a Madrid, se extravió en una vía muerta de Zaragoza, lo
encontraron y fue enterrado en el cementerio civil de Madrid. Noel fue autor de
obras como Pan y toros y uno de
sus libros más importantes, Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca.
La capea y Vidas pintorescas de fenómenos, toreros enfermos, diestros y
siniestros de embrutecimiento nacional, y Las siete cucas.
Se puede
hablar pues de una tradición antitaurina expresada también desde el cine, por
películas tan valiosas como Torero (México, 1956) de Carlos Velo, quizás
la mejor por cuanto el cineasta gallego exiliado en México penetra en el miedo
del torero que sin embargo tienen que atender las exigencias de la verdadera
fiera: el público. No menos crítica es El bravo (Irving Rapper, EUA-México, 1956), sobre
la hermosa relación de un niño mexicano y su toro de lidia, que escribió Dalton
Trumbo que firmó como Robert Rich, que no acudió a recoger su Oscar porque no
existía. La lista se complementa con El espontáneo (Jorge Grau, 1º964), que
narra como un muchacho que trata de llegar a más decide lanzarse como tal a la
plaza para morir en manos del toro, el protagonista fue un muchacho, Luis
Ferrin, que consiguió la oportunidad tras pasar las pruebas de una larga cola
de chicos entre los que me encontraba; el parecido físico conmigo era evidente,
claro que él estaba mucho más espabilado, y con El momento de la verdad (1965),
de Francesco Rosi con Miguel Mateo “Miguelin” y rodada en el
barrio de La Florida,
L´ Hospitalet y que describe como detrás del espectáculo funcionan el
despiadado mundo de los negocios.
Otra cosa es que
estamos en un debate entre ilustración y humanismo de un lado, y tradiciones bárbaras
por otro y lo importante para los primeros es convencer con razones y
argumentos. Los sectarios lo único que hacen es dar balas al enemigo.
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