Reclus,
el hombre, la tierra
No olvidaré nunca la
impresión que me causó un ejemplo concreto de esta barbarie, Sucedió durante mi
servicio militar allá por 1971, el día en
que, finalmente, después de probar ocultamente
con diversas llaves, conseguí abrir una puerta del cuartel de Sanidad de Ceuta,
allá por 1972. Era la única puerta sobre la que nadie sabía nada, y aquello
acentuaba mi
curiosidad ante los rincones ocultos en el lugar. Después de muchas
pesquisas “inocentes”, encontré unas llaves mohosas, y al ver que le
correspondían, la abrí. Era una habitación enorme con una ventana abierta por
la que penetraba la luz solar. El espectáculo que se presentó ante mí, me
sobrecogió. Se trataba de una montaña de libros, centenares, sino miles, y
entre los muchos que pude ir ojeando en los días siguiente, sobresalían los
volúmenes completos de la obra magna de Eliseo Reclus El hombre y la tierra en
traducción de Anselmo Lorenzo, revisión de Odón del Buen, todos ellos perfectamente
encuadernado con piel, con hermosas ilustraciones propias de la época…Unos días
después, cuando un tanto irreflexivamente, comentaba el hecho a unos compañeros
mientras circulaba en un taxi, el taxista que había sido todo oídos, nos contó
el porqué de todo aquello. Debía de ser parte de lo que “requisaron” de los
ateneos y casas del pueblo, y en vez de quemarlos, como era lo propio en 1936,
sobre todo con la Falange,
lo habían amontado allí y guardado la llave para que nadie metiera la nariz. No
podía ser que los trabajadores supieran…curiosidad ante los rincones ocultos en el lugar. Después de muchas
La edición era tan amplia y abultada que, después de
muchas dudas, decidí no llevármela. Y allí siguió como una muestra más de la
barbarie colonialista y fascista.
Junto con Kropotkin, Reclús tiene un lugar destacado
en el pensamiento geográfico decimonónico (cf. Josefina Gómez Mendoza, Julio
Muñoz Jiménez y Nicolás Ortega Cantero, El pensamiento geográfico, Alianza
Universidad, Madrid, pp. 42-48).
Después del “18 Brumario
de Louis Bonaparte”, Reclús ha de coger el camino del exilio y viaja por Gran
Bretaña, Irlanda, Nueva Orleans, Sudamérica… Su aventura en este continente
resultara apasionante y fructífera —le subyuga el antecedente de Humboldt— para
su carrera de geógrafo, aunque no faltan historiadores que le implican en el surgimiento
o impulso de tendencias libertarias en Nueva Granada donde estuvo en los
agitados conflictos de 1855. M. Segall sostiene que, durante años, Reclús actuó
como consejero de la internacional negra en el continente y que, sin su
contribución, el desarrollo de los grupos bakuninistas «hubiera sido
incuestionablemente más lento».
Reclús volverá
furtivamente a Francia en 1857 y comienza a trabajar con su hermano Onésimo en
la investigación geográfica y al amparo de un protector que durante años les
facilitó trabajo en la importante editorial Hachette. En 1864 trabó relaciones
con Bakunin del que será, según su propia definición, «hermano independiente»,
y con él estará en los grandes debates de la Liga por la Paz y la Libertad, en la Alianza Socialista
a la que ayudó decisivamente en Francia y en la AIT. No tiene una
intervención constante, pero sus aportaciones brillan a gran altura. Delante de
los reformistas de la Liga
intentó demostrar que las «fronteras no son más que líneas artificiales
impuestas por la violencia, la guerra, la astucia de los reyes y sancionadas
por la cobardía de los pueblos». En relación a la cuestión del federalismo
dijo: «…creo que con toda lógica, que después haber destruido la vieja patria
de los chovinistas, la provincia feudal, el departamento y el distrito,
máquinas de despotismo, el cantón y el municipio actuales, invenciones de los
centralizadores a ultranza, no quedaba más que el individuo, y éste debería de
asociarse como le pareciera».
En 1871, Reclús fue uno
de los «communards» trabajando como director de la Biblioteca de París y
en plena euforia escribe: «¡Cuán bella es la humanidad! ¡No se la conoce, se le
ha calumniado constantemente!». Con un fusil descargado luchó en las barricadas
y su prestigio internacional le salvó de una muerte bastante segura. Es
condenado a la deportación, pena que le es conmutada por la del exilio gracias
a una campaña internacional en la que intervienen Charles Darwin, Herbert
Spencer y otros famosos. Residirá en Italia y después en Ginebra donde funda,
junto con Kropotkin, la revista Revolté. Una amnistía le abre de nuevo las
puertas de Francia, lo que le lleva a intensificar desde entonces su labor
científica, de una ciencia que entiende «no debe de ser monopolio de los
profesionales: la ciencia tiene un sentido amplio y abarca el conocimiento que
resulta de la experiencia de la vida y que se ha aprendido en la calle en el
taller, etc. Todos debemos observar, aprender y transmitir lo que hemos
aprendido en la gran escuela del mundo».
En 1892, Eliseo ingresa
en la «Societé Geográphique de París» y cinco años más tarde acepta un cargo en
la Universidad Nueva
de Bruselas protegida por el partido socialista belga. Angélica Balabanova, que
sería discípula suya, escribe en sus memorias que esta Universidad la «habían
creado los intelectuales radicales belgas en 1894 como campo de actividad para
Reclús, cuya obra había iniciado una nueva era en los anales de la geografía
científica (…) Era el típico intelectual anarquista de la época, Su propia vida
era exponente cotidiano de sus ideas. Toda víctima de la desigualdad, fuese
buena o mala, culpable o inocente, atraía su generosidad y coraje. Su mujer le
asignaba unos centavos al día para sus gastos, porque sabía que daba todo lo
que tenía al primer necesitado que le saliera al paso, muchos de los cuales
abusaban de su buena fe y su bondad».
Esta actitud cívica la
mantendrá con coherencia, negándose, por ejemplo, a condenar los atentados
terroristas con los que no estaba de acuerdo. Sobre este punto escribió:
«Personalmente, cualesquiera que sean mis juicios sobre talo cual acto o tal o
cual individuo, jamás mezclaré mi voz a los gritos de odio de hombres que ponen
en movimiento ejércitos, policías, magistraturas, clero y leyes para el
mantenimiento de sus privilegios». Se mantuvo en la «Université Nouvelle» hasta
el final de sus días dejando una impresionante obra científica y una menor obra
militante. No siempre mantuvo una coherencia en su obra —por ejemplo justificó
el centralismo nacional francés—, e intentó demostrar, entre otras cosas, que
la «condición principal para asegurar el triunfo es deshacernos de la
ignorancia…». Ya que se trata de «aprender (que) es la virtud por excelencia
del individuo libre, emancipado de toda tutela autoritaria, tanto divina como
humana». Porque está convencido de que la «ignorancia disminuye y entre los
evolucionistas revolucionarios asociados para la obra común, el saber dirigirá
pronto el poder. Este es el hecho capital que nos da esperanza en el destino de
la humanidad».
Junto con Eliseo Reclús
fue precursor de lo que poco después se denominaría "naturismo
libertario". Tolstói, vegetariano como Reclús, escribe en su postrer libro
Últimas palabras (1909) que vivamos según la ley de Cristo: amándonos los unos
a los otros, siendo vegetarianos y trabajando la tierra con nuestras propias
manos. Prueba de su vegetarianismo son múltiples citas suyas, entre las que
destacan:
Reclús admiraba
profundamente a Tolstói, y se erigió en uno de sus mayores defensores en los
medios anarquistas nos puede dar una idea estas líneas escritas por el geógrafo
y naturista Elisée Reclús en 1899: “Hay algo que no me parece claro... Siento
una admiración tan hermosa por el genio descriptivo de este gran escritor, or
la altura y la nobleza de sus ideas, por la clara y triunfante lógica de sus
argumentos contra el Estado, que a ningún precio quisiera expresar mi
incomodidad moral al comprobar la situación ambigua en la cual han situado a Tolstói
las circunstancias de familia y de medio. Aconseja directamente, con
vehemencia, a todos sus lectores, que rechacen el servicio militar o cualquier
otro medio de opresión. Pero si bien es zapatero y campesino, también es conde;
y si protesta contra las leyes y aconseja a los otros que las desobedezcan, él
se conforma a ellas; o por lo menos, si no paga los impuestos, acepta que se
los paguen…¡Lo que Tolstói no hace, cuántos tolstonyanos lo han hecho: los que
penan en los calabozos o los que han muerto bajo los azotes!”
Tampoco se sabe que Tolstói
fue, precisamente junto con Reclús, uno de los principales precursores de lo
que más tarde se denominaría naturismo libertario. Tolstói, vegetariano,
aconseja en este libro que vivamos según la ley de Cristo: amándonos los unos a
los otros, siendo vegetarianos y trabajando la tierra con nuestras propias
manos. Prueba de su vegetarianismo son múltiples citas suyas, entre las que
destacan: "Alimentarse de carne es un vestigio del primitivismo más grande.
El paso al vegetarianismo es la primera consecuencia natural de la
ilustración." y "Un hombre puede vivir y estar sano sin matar
animales para comer; por ello, si come carne, toma parte en quitarle la vida a
un animal sólo para satisfacer su apetito. Y actuar así es inmoral."
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