No hay que decir que nuestro hombre
representó a una potencia privilegiada, y que él mismo fue una persona
especialmente privilegiada por muchas razones. Aunque fue hijo de un matrimonio
de inmigrantes irlandeses roto, pero fue criado por su abuela materna, Kate
Ayres, una devota del cine que, a su
manera, intentó paliar la ausencia de su hija con muchas películas. Mientras
estudiaba, el muchacho que había recibido una formación severa y profundamente
religiosa ya participó en una producción de La caja de Pandora (1927).
El camino le llevó a Nueva York, donde estudió del método Stanislavski, hizo sus primeras
intervenciones en los escenarios de Broadway desde donde pasó al cine por la
puerta grande: comenzó nada menos que con Jacques Tourneur con Días de
gloria (1944), una apología de la
resistencia soviética contra el nazismo, aunque el prestigio le llegó con un
notable filme religioso de John M. Stahl con Las llaves del reino
(1944), que le reportó su primera candidatura al Oscar.
Según parece, con la excepción de
Pauline Kael, que en la cúspide de la carrera de Peck escribió en el “The New
Yorker” que éste era un actor «competente pero siempre un poco aburrido», el
resto de comentaristas mantuvieron una línea de reconocimiento de su
versatilidad y solían destacar la mezcla de fortaleza y ternura como la gran
arma de seducción que desplegó ante estrellas irrepetibles como Creer Garson
(El valle del destino, una apología de la “superación” de la lucha de clases),
Ingrid Bergman (Recuerda, un título
“menor” de Alfred Hitchcock, todo “se explica”), Jane Wyman ((The Yearling, EUA, 1946, de Clarence Brown),
Jennifer Jones, en la magistral Duel in the Sun) (King Vidor,1946),
en la que ofrece un registro tortuoso y violento. Joan Bennet en su primer
Hemingway, The Macomber Affair) (Zoltan Korda, EUA, 1947); Dorothy MacGuire en Gentleman's Agreement)
(Elia Kazan, EUA,
1947), una denuncia del antisemitismo solapado en los EEUU; Anne Baxter, Yellow
Sky) (William A. Wellman, EUA, 1948), un western extraordinario…
Gregory mantuvo una
colaboración preferencia con el gran cineastas Henry King, en melodramas
magníficamente elaborados como Almas en la
hoguera (Twelve O'Clock High, 1949), de un intenso
contenido pacifista; el célebre western crepuscular El pistolero (The Gunfighter, 1950);
David and Bathsheba (1951), una singular aproximación bíblica
alternativa a la Don Cecil,
mucho más honesta porque resultó prohibida por el estos lares; un “compendió
Hemingway” excelente The Snows of Kilimanjaro (1952), por más que en episodio español
que resulta una verdadera traición a la biografía y a la obra de don Ernesto,
una verdadera mancha negra en la biografía ética de Peck que compartía el
sentimiento de vergüenza de la izquierda de Hollywood en relación a la
resistencia contra el franquismo, y que motivó que un poco más tarde Eldrige
apostara por una película como…Y llegó el
día de la venganza (Behold a Pale Horse, 1964),
(Fred Zinneman), que acabó siendo el mayor conflicto del régimen (Fraga
Iribarne) con Hollywood. Peck trabajó igualmente con King en un soberbio
western El vengador sin piedad (The Bravados) (1958) que ofrece una
potente reflexión sobre los riesgos de la venganza ciega; en Días sin vida (Beloved Infidel) (1959), una
excelente evocación de los Fitzgerald, un film minusvalorado protagonizado por
unos espléndidos Deborah Kerr y Peck…
Pasó
de su vida privada, aparte de la tragedia del hijo muerto, Jonathan, reportero de televisión
que se suicidó de un disparo (1944-1975), y la curiosidad de que Anthony (1956)
hizo sus pinitos de actor en El río que
nos lleva, una película hispana basada en una novela de José Luis Sampedro,
por supuesto muy inferior a la novela, cabe anotar que el actor fue un liberal que
dignificaba esta desgastado concepto, era conocido por su compromiso en favor
de causas y obras solidarias, y no a medias tintas como era lo habitual. Peck fue el presidente fundador del
American Film Institute, y en 1947 creó en su ciudad natal la academia de arte
dramático La Jolla
Playhouse, aún en plena actividad. Ése fue el año en que el líder de opinión
necesario, Joseph McCarthy fue nombrado senador e inició su nada particular «caza de brujas» a través del
Comité de Actividades Antiamericanas. Peck se mostró como en sus mejores
películas cuando padeció el famoso interrogatorio. Junto con otros ilustres
colegas crearon en contraposición el Comité de la Primera Enmienda,
una iniciativa que contribuyó a la destitución del senador en 1954.
Fue acusado de comunista, y aunque no pudieron probar, su nombre figuró en las listas negras durante varios años, pero dada su extraodinria popularidad, nunca se atrevieron él.
Fue acusado de comunista, y aunque no pudieron probar, su nombre figuró en las listas negras durante varios años, pero dada su extraodinria popularidad, nunca se atrevieron él.
Para mucha gente, Gregory fue una de
las conciencias morales más sólidas de Hollywood. La elección de número uno
entre el centenar de héroes de la lista elaborada por el American Film
Institute fue el último reconocimiento que recibió el célebre actor, una semana
antes de su muerte. Su personaje de Atticus Finch en Matar a un ruiseñor
(1962), de Robert Mulligan, el abogado que defiende a un hombre negro acusado
de violar a una mujer blanca en la
Alabama de los años treinta, se convirtió en el más votado
gracias a algunas cualidades esenciales (firmeza al defender sus creencias,
sólida fe en la justicia, tolerancia y rechazo de la violencia) que, en una
época en que las luchas por los derechos civiles encabezadas por Martin Luther
King empezaban a concienciar a buena parte de la sociedad estadounidense, lo
hicieron tan memorable como la interpretación de Peck, que le valió el único
Oscar de su carrera a la quinta nominación.
En sus últimos años estuvo muy
vinculado a la vida cultural de Los Ángeles, al frente de uno de los programas
de la biblioteca de esta ciudad para promocionar la lectura. Peck estuvo al
frente de numerosas obras de caridad y movimientos políticos. Presidió la Sociedad Americana
del Cáncer, el Instituto Americano del Cine y la Academia de Artes y
Ciencias Cinematográficas de Hollywood. En suma: aunque hay una docena de
títulos suyos nocivos y olvidables, el grueso de la filmografía de Gregory
Peck resulta totalmente, gozamente
recuperable. No os la perdáis por haber nacido después.
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