El primero de estos
recuerdos me lleva al momento de redacción del libro “Elogio de la militancia”,
la narración biográfica sobre Joan Rodríguez, niño de hospicio, obrero de la
construcción y convertido tempranamente al comunismo en “Tarrasa la roja”,
estuve entrevistando a Juan Martínez, de vida paralela -del mismo pueblo,
obrero y comunista en Terrassa-, que me contó sus memorias carcelarias que
siempre iban acompañada de palizas y cosas peores. En un momento dado, tras un
momento de interrupción, le pregunté a Martínez como era que él, padre de una
familia más bien numerosa, siguió persistiendo a pesar de todo. Su respuesta
fue tan sencilla como convincente: “Porque yo sabía que existían otros
camaradas que habían dado la cara y la seguían dando tanto o más que yo…”
No hay duda, uno de esos
camaradas era Miguel Núñez González (Madrid, 1920, Barcelona, 2008), una de
aquellas leyendas vivas que alimentaban la ilusión en “El Partido”, de obreros
militantes que en los años en los que la dictadura golpeaba muy especialmente a
“los comunistas”, hicieron lo imposible por reconstruirlo en la clandestinidad
y en cárceles, y con él las comisiones obreras con una línea de trabajo que
trataba de “pasar página” con la guerra y con las tremendas querellas internas
del “campo republicano”. Había mucha gente así un poco en todas partes, en
Cataluña eran bastante comunes en los barrios emigrantes a los que habían
llegado tempranamente en los años cuarenta, sin duda huyendo de sus pueblos,
por la miseria como todos, pero también porque allí estaban señalados, o vivían
con familiares que lo estaban, y por lo tanto la emigración era para ellos, una
forma de exilio.
Miguel debería ser un
muchacho cuando tomó parte en la fundación del PSUC, y ya era un militante
comunista. Estudiaba en la
Escuela superior de Comercio cuando la guerra y combatió en
el bando republicano. A los 18 años fue nombrado comisario político. Además, se
afilió al PCE, y su historial es una de las muestras de una resistencia
tremenda. Lo atestiguan casi 17 de años de cárcel sobre sus espaldas, amén de
varias condenas a muerte y diversos consejos de guerra. Estrenó su experiencia
penitenciaria en el Madrid de 1939, con apenas 18 años, y pasó por el penal de
Ocaña, donde el cura participaba en las palizas y tenía debilidad por dar los
tiros de gracia tras las ejecuciones. Allí coincidió en 1941 con un ya débil
Miguel Hernández, y en las clases de poesía de la prisión escribieron, con la
guía del maestro, un poema dedicado al citado cura: “La Luna lo veía y se tapaba /
por no fijar su mirada / en el libro, en la cruz / y en la Star ya descargada. /¡Más
negro, más, que la noche, / menos negro que su alma, / el cura verdugo de
Ocaña”. Miguel concluyó su carrera en la universidad de los presos políticos:
la prisión central de Burgos.

Sus memorias son un
ejemplo de aprecio por esos matices y, al tiempo, un estupendo muestrario de la
barbarie franquista. En 1939, por ejemplo, los falangistas lo apaleaban
sistemáticamente en la madrileña comisaría del pasaje de Cordón. Cuenta que
allí presenció “algunas muertes por paliza; los falangistas tuvieron incluso la
macabra idea de enviar mi ropa interior ensangrentada a mis padres, quienes
pensaron que me habían matado, se presentaron en la comisaría y nadie les dijo
nada. Yo me enteré unos días después por un guardia, que además se ofreció a
ayudarme y a hacerles llegar carta a mis padres”, dice Núñez en un ejemplo del
que la compasión puede florecer en páramos inmisericordes. Experiencias como
estas le llevaran a huir de maniqueísmos: “Nunca fue todo blanco o negro;
siempre hubo matices; ni todos los camaradas eran buenísimos ni todos los
franquistas malísimos”.
Precisamente, en unas
fechas en la que buena parte de las víctimas de las dictaduras –víctimas muchas
veces por mero parentesco lo que hacía que estas se refugiaran en el miedo y la
mezquindad- se hacían al silencio y se dedicaban a reconstruir sus vidas, un
sector nada desdeñable de herederos de los “vencedores” fueron tomando sus
distancias del régimen, y acabaron dando vida a la nueva promoción de
antifranquistas. Sin ellos no hubiera sido posible la recomposición de una
clandestinidad que llegó a los años sesenta completamente extenuada.
Durante muchos años, la
vida de Miguel estuvo ligada a la de Tomasa Cueva, otro mito auténtico de la
resistencia comunista, quien además de resistente supo trabajar para romper el
silencio que rodeaba la lucha callada de muchas mujeres. Tuve el honor de
conocerlos a ambos a principios de los años noventa en Vilanova i la Geltrú, en parte por amigos
comunes como Joan Rodríguez y Natatxa Urbano, y en parte porque ambos, pero
sobre todo Tomasa, era una habitual obligada en el centro de salud en el
que yo trabajaba, y eso daba posibilidad de echar algunas parrafadas.
Tomasa murió no hace
mucho, para entonces, Miguel ya estaba muy apartado de ella. Detrás de la
leyenda existía obviamente una historia humana más común, aunque no por ello
menos noble. Por este tiempo, Miguel ya no era el comunista de antaño, era un
luchador de mente abierta, que asistía con atención a las discusiones, y que
ofrecía opiniones abiertas y matizadas. Era un tiempo en que desde Iniciativa
no se concebía la vida fuera de las instituciones. En una ocasión, le pregunté
qué diantres hacían en el Congreso con Carrillo, y tuvimos una buena discusión.
Miguel ya estaba cansado de una historia que estaba acabando, y desde luego no
se empeñaba en defender para nada la actuación del PCE-PSUC en la Transición… Entre las
anécdotas había una que describía a Alfonso Guerra ofreciendo prebendas a los
diputados comunistas con una insistencia que, sin lugar a dudas, estaba incentivada
por los éxitos que estaba obteniendo.
Durante un cierto tiempo
coincidimos en Iniciativa, en unas actividades municipales de la comarca de las
que guardo recuerdo agridulces, pero por lo que supe, Miguel se apartó de la
militancia, aunque hizo alguna que otra declaración bastante en línea
“italiana”, y cuando tuvo lugar el litigio entre la derecha representada por
Rafael Ribó y la izquierda de Julio Anguita, tomó partido por el primero en
clave desencantada. Algunas de sus declaraciones sobre los “viejos tiempos”
causaron cierta perturbación en la militancia que seguía en pie.
Entonces ya estaba
volcado en las actividades de cooperación con la fundación de la ONG, Acsur Las Segovias y se
implicó en la cooperación con América Latina, en la que también han trabajado
algunas amistades de siempre. Su libro “La revolución y el deseo”,(Península,
2002), puede considerarse como un testimonio inexcusable, y como el examen
crítico de toda una generación de comunistas que después de darlo todo, se
encontraron con que la historia le daba la espalda. De haber tenido
oportunidad le habría preguntado porque diantres permitió el miserable prólogo
de Luís Goytisolo. Estuvo muy enfermo en los últimos años, y al fallecer
ha legado su cuerpo a la ciencia. La última vez que hizo presencia en un
acto, fue en la despedida de Gregorio López Raimundo, otro combatiente de
dedicación y honestidad fuera de toda duda con el que, por otro lado,
siempre hemos discrepado. El acta de defunción, fue firmada por Joan
Ramón Laporte, en cuanto a su profesión se dice que fue un luchador por la
libertad. Antes, le habían dado un cierto número de medallas, los mismos que
durante los años ochenta y noventa dedicaron parte de los medios adictos a
desprestigiar el comunismo, confundiendo éste con su negación, o sea con el
estalinismo.
Y sí alguien tiene
alguna duda al respecto, no tiene más que leer el libro. Y sí quiere llegar más
lejos tiene la obra de Alfonso López, Pepe Gálvez y Joan Mundet, Miguel Núnez. Mil vidas más, texto y
novela gráfica al tiempo que fue editada por las Edicions Ponent, Barcelona,
2010.
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