Richard Widmark, uno de
los grandes.
Richard Widmark
(Sunrise, Minnesota, 1914-Roxbury, Connecticut, 2008), fue uno de los actores
con más personalidad de los años cuarenta-cincuenta. En su filmografía figuran
muy pocos títulos detestables, de él nunca se pudo decir lo mismo que se dicho
sobre John Wayne o sobre otros reaccionarios brutales más discretos, como fue
el caso de (¿quién lo iba a decir?) James Stewart, del que recuerdo haber leído
una entrevista en la que exaltaba la política de Ronald Reagan con unos tonos
que evidenciaban que el actor preferido de Frank Capra, fue un miserable
integral, como lo
fueron y lo siguen siendo muchas de los personajes de
Hollywood.
Víctor Mature hizo lo
que pudo para no quedar sepultado por la fuerza arrolladora del debutante
Richard Widmark que se quedó con el público y que repitió su papel con su
mirada afilada, su acusada sorna y la gélida risa en La calle sin nombre (The Street with No Name, 1948), un policíaco
al servicio del orden realizado con eficacia. Aquel mismo año interpretó al
malvado de El parador del camino
(Road House, USA, 1948) de Jean Negulesco en sus buenos tiempos, y al lado de
Ida Lupino. Un año después iniciará si serial de grandes interpretaciones en un
western con tintes de cine negro, Cielo
amarillo (Yellow Sky, ISA, 1948) uno de los mejores de de William A.
Wellman, y en donde se medía con Gregory Peck y con Anne Baxter. En 1949
Widmark presionó a la Fox
para que le permitiese encarnar a otro tipo de personajes y protagonizó el
drama aventurero El demonio del mar,
una de las obras más redonda de Henry Hathaway, toda una reflexión sobre el
significado de la cultura y de la experiencia, y en el que Widmark se las ve
con altura con un pletórico Lionel Barrymore.
De una categoría similar fue La ley del talión (The last wagon, USA,
1955), uno de los grandes western que Delmer Daves rodó en los años cincuenta,
de grandes paisajes, historias turbias, y denuncia antirracista efectuada de
manera enérgica, con un Richard Widmark en verdad pletórico como un mestizo que
ha aprendido a sobrevbivir…
Durante los años
cincuenta, Widmark trabajó al menos en una veintena de títulos de primera,
comenzando por Cuatro páginas de la vida
(1952), un homenaje a O´Henry con un guión escrito por John Steinbeck; le sigue
el thriller Niebla en el alma que supuso un paso adelante para Marilyn Monroe,
y después de la militarista y olvidable Hombres
de infantería (Take the High Ground!, USA, 1953), del peor Richard Brooks,
trabajará en la un tanto delirante Manos
peligrosas (1953), una tentativa de renovación del género por Samuel Fuller
que se apunta a la histeria anticomunista de una manera muy singular, al final
el “salvapatrias” es un auténtico bellaco encarnado por Widmark. Le dará la réplica
a Spencer Tracy en Lanza rota, de
Edward Dmytryck (1954), cineasta con el que protagonizará en 1959 uno de los
western más turbios e intenso de la historia del género: El hombre de las
pistolas de oro…Menos interesante resulta Álvarez
Kelly, del mismo Dymtryck, lo que no quiere decir que no sea una gran
película., y en la que Widmark compite con otros dos grandes cínicos: William
Holden y Janice Rule.
Con Aldrich y Burt
Lancaster, Widmark trabajó en otra gran película, Alerta: mísiles (Twilight's Last Gleaming, USA, 1977) de la
que aquí apenas sí conocemos el “trailer”, ya que este durísimo alegato contra
el armamento nuclear fue drásticamente reducido hasta hacerlo casi
incomprensible, todo posiblemente por su fuerte contenido antimilistarista, uno
de los temas favoritos de su director. En esta lista se podrían añadir algunos
westerns como La conquista del Oeste
(How the West Was Won, USA, 1962), donde hace un papel muy semejante al de Cheyeen autum.
Todavía rodó algún que
otro película del oeste más o menos estimable como La ciudad sin ley (Death of a Gunfighter, USA, 1969), comenzado por
Donald Siegel pero acabado por Robert Totter aunque en algunos lugares la firma
que aparece es la de Allan Smithee, y habría que revisar Cuando mueren las leyendas (When the Legends Die, USA, 1972), un
western crepuscular de Stuart Millar, aunque la acción se desarrolle en los
años setenta, en el que nos cuenta la historia de un niño indio, arrancado por
su abuelo de la vida solitaria en la montaña, al morir sus padres en la
reserva, y que acaba trabajando para un cowboy beodo (Richard Widmark), experto
en rodeos, que le ofrece el trato de salir de la reserva a cambio de trabajar
para él. Sin ser nada del otro jueves, era una película interesante, de
fuerte contenido antirracista.
Creo que la culminación
final de la carrera de Widmark se dará con Brigada
homicida (Madigan,1968), toda una denuncia soterrada del empleo de policía,
de la jerarquías en el cuerpo, y de la infelicidad de unos hombres que se la
juegan a sabiendas que son meras marionetas. Alfredo Bryce Echenique escribió
un magnífico artículo sobre ella, recordando que en el curso del mayo francés
unos estudiantes apedrearon el cinema que la daba, cuando en realidad se
trataba de una película subversiva; en 1973 se realizaría una versión
televisiva en la que Widmark encarnaba nuevamente al personaje del detective
Madigan.
Pero por
encima de toda ese listado, mi elección personal es por El juicio de Nuremberg
(Judgment at Nuremberg, USA, 1961), la obra más destacada del discutible
Stanley Kramer que, en este caso, contó con varios factores a favor, primero,
un guión increíblemente matizado para ser una gran producción de Hollywood,
luego un equipo técnico de primer orden en el que sobresalen los actores, sobre
todo los que hacen de víctimas del nazismo. Los absolutamente memorables Montgomery
Clift y Judy Garland, dos “star” que sabía como pocos lo que era el sufrimiento
y la sensibilidad, dos seres humanos grandes que nunca se sintieron parte de
aquel mundo.
Aunque solamente fuese
por esta película, sería justo reconocer la gran labor cultural y civilizatoria
del mejor cine liberal norteamericano. Esta película llegó y llega las
muchedumbres, sobrecogió a varia generaciones de espectadores, y fue un
verdadero problema para el régimen franquista que no la prohibió para no quedar
en evidencia. La cortaron, mutilaron diálogos, trivializaron el título y
fue denostada por parte de la prensa falangista que sabía todo lo que el
franquismo debía al III Reich, un proyecto con el que la derecha española (y no
solo española, la norteamericana también), se identificó desde el primer al
día y lo siguió estando. Ahí está toda la historia de la División Azul.
Señalemos una vez más, que en la época de los procesos, la prensa adicta llevó
a cabo una campaña para que los mismos tribunales juzgaran…a las autoridades
republicanas exiliadas.
Con todos los
matizaciones que se quieren, mi personaje es el fiscal encarnado con una
notable variedad de registros por Richard Widmark…Es el que pone el dedo en la
llaga, el que incide en los datos, quien muestra su asco hacia los pactos que
se están fraguando entre bastidores.
Pero sobre todo, la
película fue decisiva porque fuimos muchos y muchas los que soñamos de
hacer como Coronel Tad Lawson, de abogado de la acusación en tribunales que
juzgaran con las mismas leyes a personajes como Manuel Fraga Iribarne, Martín
Villa, Serrano Suñer, Juan March, Henry Kissinger, etcétera, etcétera. Un
sueño, pero seguro que los jerarcas nazis que fueron juzgados no habían pensado
en algo así, ni en sus peores pesadillas. Los juicios sentaron un
precedente de un sueño de justicia que hoy está quizás más vivo que
nunca.
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