Anthony Quinn, un ciudadano del mundo
armas con un señor que se llamaba Pancho Villa y mis padres lucharon en ella”.
Por lo tanto, no
sentía vergüenza por sus orígenes humildes. Todo lo contrario. No todos llegan
donde he llegado empezando desde cero”. Por fin, en 1919, marido y mujer se
reunieron y se trasladaron como inmigrantes a California. Antonio, ya
cumplidos los cinco años, comenzó a trabajar como recolector de frutas y
jornalero. En 1920, los Quinn se trasladaron a Los Ángeles para tentar mejor
suerte; su padre hacía grandes esfuerzos para mantener a su familia sin poder
despegar de la pobreza. Antonio realizó labores de lustrabotas y vendedor
callejero de periódicos. Estudió en establecimientos educativos de su barrio,
sin llegar a terminar sus estudios, por el fallecimiento de su padre en 1926,
lo que lo obligó a buscar trabajos informales para ayudar a su familia. La
pérdida de su padre lo marcó profundamente, pues le admiraba por su tesón.
Acicateado por la pobreza y con un espíritu de superación desbordante, trabajó
haciendo diversos oficios tales como peón de hacienda, friegaplatos o mensajero
de correo. Para esa época era un mozalbete inteligente, rudo, belicoso y
rudimentario en sus modales, pero ya se había propuesto surgir al precio que
fuese necesario
A los 16 años,
aprovechando su complexión y su altura (1,88 m), practicó el boxeo profesional
con el mismo fin. Ganó 16 peleas, pero en la siguiente fue destrozado por un
rival mejor, y se retiró de un oficio que volvió a representar en el cine en
una película notable pero muy poco conocida: Réquiem
por un campeón (Requiem
for a Heavyweight, EUA, 1962), de las mejores de Ralph Nelson. A los 17 años de
edad se casó con una chica llamada Silvia, una mujer 17 años mayor, que lo
introdujo en el estudio del arte y la filosofía. Para esa edad, aún era
trabajador de la construcción, y Silvia le hizo tomar clases de dicción para
mejorar su capacidad de expresión oral y mejorar sus rústicos modales;
reconocido mujeriego y machista, Quinn tuvo una animada vida sentimental y un
montó de hijos.
Con esta, Quinn
.coprotagonizó Black gold (Phil Karlson, 1947), un apología del
buen indio, una película “naif” pero no exenta de encanto. En su momento, él
decisión que, lejos de ayudarle para progresar más rápidamente en la pantalla,
le acarreó no pocos inconvenientes dado que su suegro –un gran cineasta pero un
repulsivo reaccionario-, se abochornaba en presentar a un mexicano en su
entorno social, algo que Quinn no dudó en ridiculizar cruelmente cuando que
sustituir a Don Cecil detrás de la cámara en el “remake” de The
buccaneer (Los
bucaneros, EUA, 1958), una obra curiosa socialmente ya que el único patriota de
verdad es el bucanero Jean Laffite (Yul Brynner) mientras que la “buena
sociedad” está repleta de oportunistas que no permiten que Laffite pise sus
salones.
En los primeros años
cuarenta se trasladó a la Warner,
estudio que le proporcionó papeles más interesantes, y comenzó a labrarse una
relación con actores y actrices de renombre. Ciudad de conquista (1940), de Anatole Litvak, Sangre y arena (1940), de Rouben
Mamoulian y Murieron con las botas
puestas (1941), de Raoul Walsh, fueron algunos de sus títulos.
Se paseó por otros estudios como Paramount, 20th Century-Fox y RKO, en todo
tipo de comedias, aventuras, musicales, westerns.
y destacó especialmente su participación en Incidente en Ox-Bow (1943), de William A. Wellman que
puede considerarse como una de las mejores del género. Por entonces se
nacionalizó estadounidense y en 1947 Elia Kazan se fijó en él en una
representación en Broadway de “Un tranvía llamado deseo”.
En este tiempo, Quinn
trabajó en un gran número de películas destacadas, incluso en obras maestras
como La strada (Federico Fellini, Italia, 1956), donde
encarnaba a Zampano, frente a Giulietta Masina, que daba vida a Gelsomina;
Anthony estaba convencido que esta era la mejor película de su vida, algo que
se podría discutir pero sí era la mejor sí estaba entre las mejores. Le sigue
un listado de títulos destacados; Al borde del río (un notable policiaco
del “primitivo” Allan Dwan, 1957); Viento salvaje (1958) y El pistolero de Cheyenne (1960),
ambas de George Cukor, la primera era un notable melodrama clásico con Anna
Magnani; El hombre de las pistolas de oro (1960), un “western”
complejo e intenso, filmado por el mejor Edward Dmytryk en el que se bosqueja una relación
homosexual subterránea; El último tren a Gun Hill (Last Train from Gun Hill,
1959), magnífico “western” antirracista en el que repite con Kirk Douglas…
Otras obras mayores
son Lawrence de Arabia (David Lean, 1962); Barrabás (Richard Fleischer id.), pero sobre todo
Viento en las velas (1965),
de Alexander Mackendrick, una joya que no habría sido posible sin la
complicidad y el talento de Anthony Quin que borda su papel de pirata, en realidad
un pobre diablo que se deja seducir por unos niños burgueses entre los que
encuentra uno año más tarde conocido como Martín Amis. Anthony volvió a ser un
pirata con mucha historia detrás en una adaptación de la novela de Joseph
Conrad Los hermanos de la costa, un film que aquí se llamó El
aventurero y que el
destajista Terence Young realizó a la medida del actor que supo encontrar
el registro crepuscular de la obra.
Quinn encarnó al primer
papa ruso en Las
sandalias del pescador (EUA-Italia, 1968), de Michael
Anderson, adaptación de la afamada y oportuna novela de Morris West que
evoca en alguna manera la figura de Juan XXII situándolo como mediador en una
crisis mundial derivada de la guerra fría. Se trata de una película vetusta y
poco lograda pero que se mantiene por sus interpretaciones así como por su
curioso interés temático.
Fue un inquieto
esquimal en El salvaje inocente (traducida aquí como Los
dientes del diablo, EUA,
1960), en un film desigual del gran Nicholas Ray y en la que interpretó con
convicción a un esquimal que vive entre dos época, entre dos mundos.
Entre sus
composiciones “españoles” cuenta especialmente…Y llegó el día de la venganza (Behold a Pale Horse (1964, EUA), un
fallido homenaje del antifascista Fred Zinnemann al “maquis” anarquista Sabaté
y en la que Quinn encarnaba a un guardia civil, sí bien la película fue un
bofetón para el régimen. Tuvo una aparición muy lograda como sacerdote liberal
en Valentina, la primera parte de la adaptación de la novela de
Sender, Crónica del alba que
efectuó en 1982)
con bastante dignidad Antonio J. Betancort. Su filmografía no ganó mucho con
otras producciones nacionales del tipo Pasión de hombre /A man of passion, España, 1989) en la
que encarnó a un pintor mujeriego y extravagante para Juan Antonio de la Loma al lado, ¡nada menos que
de Victoria Vera¡, finalmente colaboró en Tierra
de cañones (1999),
para ayudar a su hijo con la condición de no aparecer en el reparto, acuerdo
que Antonio Ribas, que ya había perdido los papeles y el norte, desatendió. A
pesar de su voluntad de representar una gesta anarquista, la película fue un
fiasco total
En los años setenta y
ochenta se volcó en la televisión y dio prioridad a otras aficiones
como la pintura y escultura en lugar del cine, para el que
trabajó ocasionalmente. Desde este momento su filmografía comenzó una acelerada
decadencia en los años setenta para sobrevivir en la televisión y en películas
generalmente olvidables, quizás la única excepción fuese Fiebre salvaje (EU/A, 1991), de Spike Lee. Esta fase
final hay que situarla en la decrepitud de la industria de Hollywood, en la
desaparición de los estudios y en la infantilización del público.
Resumiendo: Anthony
Quinn fue un actor que consiguió grandes papeles cuando tuvo un buen director
detrás, que raramente trabajó en películas éticamente vergonzantes y en cuya
trayectoria hay mucho título menor, pero también un buen número de títulos
notables más alrededor de una quincena de obras de primer orden. Entre ellas
unas pocas que figuran entre las primeras de la historia del cine. Sería pues
una lástima que esto último pasara desapercibido para las nuevas generaciones
que apenas pueden disfrutar del cine en una sala grande y oscura.
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