El Octubre ruso y la revolución cultural que se perdieron en el camino.
Notas críticas a un artículo de Monika Zgoeslova,
Obviamente yo era muy joven, y aquel señor hablaba de historias que yo desconocía aunque mis simpatías estaban ya “con los nuestros”, con los míos que habían trabajado duro toda su vida y sabían lo suyo de hambres y miserias que comenzaban a quedar atrás.
La idea básica venía ser si no
recuerdo mal que, aunque las
revoluciones podían comenzar muy bien, respondían a las justas iras del pueblo, al final acababan mal, entre otras cosas porque lo de “contra" no lo inventaron los norteamericanos, ni tan siquiera el imperio británico. De esta manera, revoluciones tan deslumbrantes como la de
los
esclavos haitinianos liderados por Toussant de l Ouverture, acabó extraviada después
de derrotar a los esclavistas de casa y de fuera. La consecuencia, el precio,
fue la de acabar siendo el país más atrasado del continente en una historia, la
de los jacobinos negros, escrita por C.R.L. Jamés, conocido cuadro de la cuarta
internacional en los años treinta cuarenta. No ha sido muy diferente lo sucedido
en la Rusia
soviética…revoluciones podían comenzar muy bien, respondían a las justas iras del pueblo, al final acababan mal, entre otras cosas porque lo de “contra" no lo inventaron los norteamericanos, ni tan siquiera el imperio británico. De esta manera, revoluciones tan deslumbrantes como la de
Stalingrado y la derrota del nazismo
llevó esta empatía al entusiasmo, tanto fue así que se cuenta que en el exilio
no faltaron anarquistas y poumistas españoles que llegaron a creer que la
severidad de Stalin se había demostrado como necesaria para vencer a un enemigo
especialmente despiadado, y del que todos y todas tenían probados testimonios.
En ocasiones, esta derivación llevaba a pensar de que a la República le había
sobrado buena fe, que se había mostrado demasiado comprensiva contra una
derecha que nunca aceptó las reglas del juego democrático, que no dejó de
conspirara desde el primer día.
Cuando los Estados Unidos se aliaron
con el régimen franquista, se hizo muy difícil llamarse demócrata y partidario
del llamado “mundo libre”. A lo largo de los años sesenta, la actuación de
Jruschev en defensa de Cuba y sus promesas reformistas hicieron que estas
simpatías se renovaran. No fue hasta la ocupación de Checoslovaquia en agosto
de 1968 que este sentimiento positivo comenzó a declinar, pero aún y así, la
visión crítica se fue situando dentro de una cierta lógica que podríamos
caracterizar como próxima al área trotskiana (La revolución traicionada), y de la que sería un buen exponente el
Isaac Deutscher de La revolución
inconclusa, una obra que considerada
como su “testamento”. 1/
De alguna manera, este modelo se
reprodujo con la “revolución cultural” china y el culto al pensamiento de Mao.
Este sentimiento de devoción al “líder
providencial” (a un esquema por otro lado, tan deudor del culto religioso)
alimentó el desarrollo de varios partidos de signo maoísta hoy olvidados, pero
que tuvieron una importancia a lo largo de los años setenta. Luego, la muerte
de Mao, más la caída de la llamada “banda de los cuatro”, acabó siendo fatal para esta corriente que no
tardó en descomponerse. En menor grado, esta fascinación tendría igualmente una
variante cubana, e incluso una más reciente variante con la Venezuela, siempre con
sus propios matices, pero sobre todo con un liderazgo confirmado en elecciones
democráticas ganadas a pesar de los latifundios mediáticos y de la ingerencia
imperial. 2/
Rusia fue un país primitivo y atrasado
que estaba siendo dominado económicamente por las potencias occidentales (Gran
Bretaña sobre todo), de ahí que fuese empleado como “carne de cañón” durante la I Guerra Mundial, un
acontecimiento que se suele omitir;
Esta maniobra metódica ha permitido enfocar
la historia del siglo XX como una oposición entre los “totalitarismos” (comunistas y fascistas, como sí ambos polos
fuesen hermanos gemelos), y las democracias, esto sin cuestionarse que dichas
democracias negaban la libertad a los países que habían colonizados; Además del
atraso secular, de la guerra mundial, Rusia sufrió singularmente una guerra
civil devastadora animada por las potencias occidentales que emplearon la
táctica de la “contra”, o sea reforzar a la contrarrevolución derrotada para llevar
a la revolución al borde del abismo;
Los bolcheviques abordaron la
conquista del poder en nombre de su mayoría en los soviet de obreros, soldados
y campesinos, o sea de la democracia directa. También lo hicieron como prólogo de una revolución
internacional que quedó a mitad de camino. No obstante, sin el apoyo del movimiento
obrero internacional, del miedo que producía la extensión revolucionaria en
Europa y en los países colonizados (China en primer término), el imperialismo
no habría cedido en sus planes de intervenir por la restauración, planes que no
fueron desechados hasta 1929…
Por otro lado, el curso
revolucionario conoció varias fases.
Por supuesto, la más creativa fue la
inicial, antes de la guerra civil, y esto se plasma en la Constitución de 1918
para la que la definición de “totalitarismo” sería totalmente injustificada,
antes al contrario, se plantea la libertad desde su forma más radical: la
igualitaria. A pesar de la guerra y del creciente ascenso de la casta
burocrática (fruto de un “matrimonio” entre las antiguas castas debidamente
puestas al día y las nuevas, compuesta por los sectores revolucionarios que se
han ido enquistando en el partido triunfante y en el Estado, un Estado obrero
con deformaciones burocráticas, al decir temprano (1922) de Lenin. Hasta el final de los años veinte, los
disidentes de cualquier color pudieron optar por el exilio.
No será hasta la culminación del
ascenso de Stalin que tendrá lugar lo que Víctor Serge llamaba “los años sin
perdón”.
No es cierto que la revolución rusa
fuese fatídica para los creadores y artistas rusos, como se repite servilmente
desde los medias.
Los años veinte marcan el esplendor
de las vanguardias y del cine soviético, y sobre esto existen, afortunadamente,
buenos trabajos que lo celebran y lo certifican. 3/ De hecho, las críticas efectuadas por los
escritores y poetas afines o discrepantes, revelan antes que cualquier otra
cosa el declive del empuje libertario de la revolución. El ejemplo de Sergei M.
Eisenstein es de por sí bastante revelador. Mediará un abismo entre la libertad
absoluta para rodar El acorazado Potemkin,
y los problemas que se encuentra cuando en 1927 rueda Octubre. 1927 marca un
cambio ya importante, por entonces
Stalin ya es dueño absoluto de la jerarquía que ha ido creciendo en el Estado,
y no acepta luna adaptación de Los diez
días que conmovieron el mundo, de John Reed, que había servido de base para
el cineasta. El propio Stalin mete personalmente las tijeras, y no tardará
mucho en prohibir el célebre testimonio de Reed (el mejor sobre cualquier
revolución) que no será reeditado hasta mediado los años sesenta, y se hará con
un conjunto de notas que en no poca medida desmentían el original.
Aunque también amputada (esta vez
por los productores), una película que trata de la vida de la bailarina “roja”
Isadora Duncan interpretada por Vanesa Redgrave en su plenitud, Isadora (RU, 1968, Karen Reisz)
reconstruye el ambiente de fervor revolucionario que acompaña al poeta que se
suicidará en 1925, y no solamente por decepción con una revolución que habían
hecho suya la mayor parte de los poetas
jóvenes. En cuanto al suicidio de
Vladimir Maiakovski en 1930, el poeta de
la revolución, solamente se puede entender como una protesta contra la
burocracia a la que había satirizado cruelmente en su obra.
En el discurso reaccionario, las diferencias
entre Lenin y Stalin son de matiz, sin embargo, hay que tener mucha imaginación
para no saber diferenciar entre el Lenin que defiende las libertades de los
pueblos sometidos por la Gran Rusia (incluyendo a los que como Polonia o
Finlandia, iban a apoyar la contrarrevolución), y el Stalin que en nombre de
los mismos principios niega dichas libertades, y trata de recomponer Rusia como
potencia dominante en su entorno inmediato.
Monika atribuye a la “época” de
Stalin la imposición de “una cultura monolítica, contraria a la relativa
libertad”, contrario “al espíritu cosmopolita y de experimentación en el arte,
la literatura y la música que caracterizó los años prerrevolucionarios que se
extendieron hasta avanzados los años veinte”, cuando lo correcto sería decir
que este espíritu estuvo con la revolución y se manifestó con toda su plenitud
a lo largo de los años veinte, además, aunque es cierto lo atribuye a Stalin,
no lo es menos que quedaron resquicios. También lo es que dicho ímpetu se
manifestó igualmente entre los escritores y artistas que abrazaron el comunismo
en otros lugares del mundo, y que creyeron que en la URSS “se estaba construyendo
el porvenir”, por decirlo con palabras del periodista liberal norteamericano
Lincoln Steffen.
Esta buena fe de tantos artistas e
intelectuales hacia la URSS tuvo mucho
que ver con su rechazo a la reacción burguesa en sus propios países, y al
descrédito en que habían caído los medios que acusaron a la revolución de los
mayores despropósitos desde el primer día. A la leyenda dora le había precedido
la leyenda negra del bolchevique oculto bajo la cama con el cuchillo en los
dientes, del que tanto abusó la derecha francesa, sí, la misma que colaboró con
la ocupación nazi.
Como es sabido, las biografías de
esos creadores fueron falsificadas y sus manuscritos secuestrados, un acto de
barbarie que dejó a los rusos sin puntos de referencias de una cultura que
había sido la de revolución, o al menos que había coexistido con esta.
Shentalinski, que aprovechó la apertura de archivos secretos del KGB durante la
glasnost, para dar a conocer a varios
centenares de escritores represaliados en la época más oscura del estalinismo, justamente en el
momento de mayor negación de todo lo que había significado el Octubre.
En uno de los capítulos Shentalinski
recupera los expedientes del escritor oposicionista de izquierdas Borís
Pilniak, y ofrece más información sobre su conexión con Víctor Serge, uno de los portavoces del “trotskismo” o sea
de la Oposición
de Izquierda. Serge pudo salvar su piel gracias a una campaña internacional
animada por los surrealistas en primer término, y en la que tomaron partido
tanto André Gide como André Malraux, amén de un sector de la izquierda
revolucionaria que incluía parte del anarquismo. El ciclo de la Biblioteca Andreu
Nin dedica un día a la figura de Serge, quien en el exilio se adhirió al POUM,
y un personaje clave en toda esta historia sobre el que la Fundación Andreu
Nin ha llevado a cabo una extensa labor de divulgación como la que había
llevado el POUM desde el exilio en México y Francia.
Antes que Gide estuvo en la URSS el autor rumano Panait
Istrati, que al igual que Víctor Serge, será presentado en estas jornadas. Conocido como el “Gorki de los Balcanes”,
Istrati era un comunista sin partido en cuya biografía constaba una voluntad
revolucionaria que llevó a cabo siendo un trabajador desconocido. Realizó su viaje al lado del más importante
personaje del socialismo rumano, Christian Rakovsky, que había jugado un
destacado papel en la revolución rusa en el partido bolchevique, y que en el
momento del viaje era algo así como la mano derecha de Trotsky, amén que autor
de un clásico del socialismo contra la burocracia: Los peligros profesionales del poder. La consecuencia fue un
“retorno” crítico de la URSS,
un libro de testimonio en el tomaron
parte Serge así como Boris Souvarine, y fue traducida por Julián Gorkin al
castellano tempranamente con el título de Rusia
al desnudo.
En los años siguiente, Víctor Serge
lideró un movimiento de protesta contra el estalinismo en el tomaron parte los
surrealistas y numerosos escritores de izquierdas. Seguramente, su testimonio
fue de los primeros que se publicaron sobre
el “destino de una revolución” en la que, entre todas las alternativas
que fueron posibles, ganó la peor de toda. En sus impresionantes e inexcusable Memorias de un revolucionario, Serge
ofrece información sobre casi todos los escritores aplastados por la maquinaria
estalinista: Babel, 44, muere tras ser
acusado de trotskista; Blok, 41, muere sumido en la depresión; Zamiatin, 51,
tras duros ataques por las autoridades soviéticas, muere en el exilio;
Jlébnikov, 37, muere olvidado en la miseria; Pilniak, 38, muere acusado de
trotskista; Bulgákov, 45, muere aterrorizado; Gumilyov, 37, fusilado;
Akhmátova, perseguida, a partir de los años 30, casi toda su vida; Mandelstam,
51, muere en el los campos, etcétera, etcétera. A esta lista se le podrían
añadir también los que fueron purgados por oponerse a la política estaliniana,
como fue el caso de Paul Nizan.
En este contexto, sectores muy
amplios de la izquierda, especialmente quizás los intelectuales y escritores
que se habían apartado del liberalismo,
necesitaron creer que la
URSS era el gran baluarte contra el fascismo. Creyeron incluso
que era la tierra donde se estaba construyendo una nueva sociedad como lo necesitaron creer los
trabajadores habituados a las campañas denigratorias de la derecha, y a los que
les empezaba a llegar propaganda idealizada como la que publicaban las
asociaciones de “Amigos de la
URSS”. Lo pregonaban con mayor cinismo o con mayor buena fe (a veces no sabemos que
podía ser peor) los turistas revolucionarios de la izquierda moderada que se
encontraban en sus viajes con lo que querían ver, eran recibidos como señores
famosos e importantes, al tiempo que recibían considerables beneficios por sus
derechos de edición en lengua rusa.
Por todo ello, pienso que no se
puede acusar a escritores como Jean-Paul
Sartre, Louis Aragón, Paul Eluard, Rafael Alberti, Dashiel Hammett o Pablo Neruda, de “colaboracionistas” con el
“país de la gran mentira”, título del formidable testimonio del militante y escritos yugoslavo
adscrito al trotskismo entonces, Antón Ciliga entre otros muchos, cantaron
elogios al brillante, sin tener en cuenta estos factores.
Al menos no sin tener en cuenta la
ignorancia y la buena fe de muchos de ellos, o su decisión de no dar munición
al enemigo, de un “mundo libre” que, entre mil cosas más, durante la II Guerra
Mundial no decidió tomar partido contra los nazis hasta después de Stalingrado. Su problema con Hitler fue que era tan
demente que no se limitó a invadir Rusia, si lo hubiera hecho, ellos habrían
hecho como en España: mirar hacia sus propios intereses. Esto obviamente no
significa que estos autores no merezcan ser reprobados por su complicidad con
el estalinismo, sobre todo cuando dicha complicidad persistió, al menos hasta
que llegaron las noticias del XX Congreso del PCUS, la revolución húngara, y
todo lo demás.
Y menos aún lo pueden hacer los que
desde el otro lado trataron de justificar todo lo injustificable, por ejemplo
la actuación norteamericana en América Latina o el Vietnam, la historia del
colonialismo británico o francés en África o Asia, etc. Sí lo podían hacer por
supuesto, aquellos que habían mantenido su independencia crítica tanto hacía el
imperialismo como hacía la URSS.
En este ciclo de conferencias,
hablaremos de la resistencia literaria frente al estalinismo, pero se hará
desde otro ángulo que el estalinista o que el reaccionario que tan rotundamente
personifica el Alexander Solzhenitsin erigido en juez supremo de una historia
que utiliza a su medida. Una medida que venía como anillo al dedo al
neoliberalismo triunfante que encontró en su obra menos literaria un medio
ideal para darle la vuelta a la historia. Ahora los “malos” no eran los
imperialistas -responsable de la
geografía del hambre, de dos guerras mundiales, de apoyos a dictaduras como las
de Franco-, eran los “totalitarios”, entre los que se ha llegado a anexionar
hasta los radicales de la Gran Revolución Francesa, o sea a todos los que
creían que, de una manera u otra, consideran que sin la revolución la historia
de los avances democráticos y sociales no hubieran sido posibles.
La segunda parte es una selección
variada de trabajos muy diversos que van en la misma dirección. Entre unos y
otros se ofrecen unas fuentes bibliográficas, amén de diversas pistas de
análisis que, estoy convencido, pueden contribuir el punto de mira de los
lectores ante un tema central en una segunda fase de una “guerra fría cultural” que sigue teniendo una
gran importancia por cuanto nos puede ayudar a comprender el destino de una
revolución contra la cual se desarrolló una confabulación externa e interna, y
que desde luego, se apartó trágicamente de sus propósitos iniciales. Lo cual no
significa que fuese positiva, necesaria, ni que no sea de la máxima importancia
rescatar al niño del charco de agua sucia en el que se había quedado.
Notas
1/ Isaac Deutscher (Chrzanow, 1907 - Roma, 1967), fue
sin duda el más influyente historiador de la Rusia soviética, un anti-anticomunista autor de
obras, artículos y conferencias que influyeron poderosamente en la generación
de los sesenta-setenta. Esta influencia fue igualmente extensible al otro gran
especialista, E.H. Carr, que después de la muerte de éste, convino en trabajar
con su compañera, Tamara, igualmente historiadora. La revolución inconclusa recoge sus conferencias en la Universidad de
Cambridge entre enero y marzo de 1967, y fueron editadas por ERA, México, que
fue también de la mayor parte de sus obras. Paco Fernández Buey la escoge como punto de partida para analizar
el estalinismo en La barbarie, de ellos y
la nuestra (Ed. Paidós, 1993, concretamente en el capítulo 17, titulado Socialismo y/o barbarie. Sobre Deutscher
se puede consultar mi recopilación recogida en www.moviments.net/.
3/ Ver por ejemplo, El cadáver del padre. Artes de vanguardia y
revolución, de Ángel García Pintado (Los Libros de la Frontera, Barcelona, 2011)
4/ En su artículo Literatura, revolución y totalitarismo,
aparecido en el Culturals de La Vanguardia
(7-06-2006)
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