Rupturas, rupturas, rupturas
Sin embargo, en lo que se
refiere a la adscripción política no se ha dado ninguna, aunque sí una
tentativa constante de adecuación. Las premisas teóricas son un instrumento que
valen si lo trabajas y lo amplias. Comencé a tener inquietudes sociales entre
1964-1965, en los dos años siguiente fue un discípulo privilegiado del Pera
anarcosindicalista, y en el verano de 1967 ingresé en el grupo Acción Comunista
después de un ciclo de lectura y seminarios. Tuve la suerte de conocer por este
entonces a gente como Alfons Barceló que me ayudó a complementar el consejo de
Pedra de conocer todas las escuelas del movimiento obrero. En septiembre de
1968 fue a mi primera reunión de la
“Ligue”, y durante el tiempo que siguió frecuente los veteranos del POUM y de la Cuarta Internacional
(Pierre Frank, Livio Maitan, pero sobre todo el extremeño Eduardo Mauricio), y
todo ello lo he contado en el citado libro, y el lector de Kaos o podrá
encontrar su capítulo parisino en forma de articulo.
Desde entonces hasta el
presente, he conocido diversas crisis internas en la LCR, su desplome, pero luego
he estado entre los que han persistido organizados aunque ya desde una
perspectiva diferente, por decirlo de alguna manera, con una militancia más
cultural. Con todo, en los dos o tres primeros años de EUiA, dicha implicación
fue mucho más activa, después se ha orientado más hacia el trabajo cultural de
signo divulgatorio, sobre todo desde que recompusimos la Fundació Andreu Nin. Me enteré
con ello de las posibilidades de Internet, y aproveché un largísimo
aprendizaje. No tengo que decir que en esta continuidad han tenido mucho que
ver la compañía de antiguos camaradas, amigos y amigas, sin los cuales no creo
que hubiera hecho lo mismo. Igualmente ha tenido mucha importancia la
percepción de que estaba surgiendo una nueva generación, que existía una
voluntad de reconstrucción, capítulo en el me gustaría anotar los nombres de
Andreu Coll y Josep Mª Antentas.
Mentiría si negara que a lo
largo de estos años no haya tenido tentaciones múltiples, sobre todo las
referidas a la promoción personal, pero para hacerlo tendría que haber pasado
por puestas que nunca llegué a atravesar, pensaba que de haberlo hecho no me podría
mirar en el espejo cada mañana. Sí hay algún secreto en esto es la conciencia
de que lo único henito en sta vida es oponerse al mal social, y sí tengo mala
conciencia es porque pienso que tendría que oponerme todavía más. Por otro
lado, siendo el mío un “status” muy superior al de mis viejos, nunca he dejado
de ganar bastante menos que un obrero especializado. Con esta regla de tres no
quise ni un céntimo de mi salario como concejal en Sant Pere de Ribes. En ese
tiempo pude apreciar que los riesgos de la política institucional eran cada vez
mayores, cada vez nos tenían más cogidos.
Mirando en perspectiva, creo que estos
elementos de convicción se han fundamentado
en unos componentes culturales fuertes, dentro de los cuales pondrían en
primer término un cierto sentimiento de sencilla decencia inherente al ámbito
familiar más próximo. En lo mejor de dicho ámbito, los valores personales ha
sido más preciados que los dineros o los fastos, valores como no explotar a
nadie, no deber nada, no depende de favores, la solidaridad elemental,
compartir, no mentir, no engañar, etcétera, unos valores simplistas pero que
distingue a la gente incluso cuando parezca estar muy por encima. Más tarde,
cuando estaba en proceso de formación política, algunos amigos sistematizamos
que lo más importante era la fidelidad a los trabajadores, al pueblo, luego las
exigencias del compromiso que de ninguna manera podría estar al margen de dicha
fidelidad, y finalmente, la necesidad de estudiar y comprender…
En términos más ideológicos, estos criterios venían avalados por el
republicanismo de las diversas personas que me habían ayudado cuando el
franquismo comenzó a parecerme algo intolerable, una cierta tradición cristiana,
magníficamente representada por personalidades anónimas como Mercè Ridaura, la
monja seglar y asistente social de Pubilla Casas, el anarcosindicalismo del
Pedra, por no hablar del “liberalismo” aprendido en el cine y la literatura
norteamericana, aportes y criterios a los que nunca quise renunciar, y
que coexistieron cuando entré en una espiral militante que se ha mantenido
hasta el presente, de manera que puedo responder cuando me preguntan sobre sí
milito: “Yo siempre he militado”. Obviamente, hay unas preferencias que
permanecen desde las lecturas del Isaac Deutscher, una admiración vehemente
hacia la Oposición
rusa, hacia aquellos comunistas que se dejaron la piel en la lucha contra la
burocracia y el estalinismo, y con ello de las obras y el ejemplo de León
Trotsky, lo que no me impide criticar muy duramente algunas de sus actuaciones,
como las que mantuvo contra Nin y el POUM, lo que acabo de hacer en un libro
que se llamará El fantasma de Trotsky (España, 1916-940), y que no tardará en
aparecer en la editorial Renacimiento, la misma que publicó mis Retratos
poumistas.
En mi opinión, la única
manera de mantener una tradición revolucionaria es poniéndola constantemente al
día. Por lo tanto, cuando me llegan ecos sobre “principios” inalterables,
recuerdo las palabras de Gramsci sobre el "patrioterismo" de partido
o escuela, que tanto daño ha causado. Con ello se tiende a confundir el fin con
uno de los medios, y se reproduce el esquema nacionalista estrecho de “con mi
patria con razón o sin ella”. Esto no se
corresponde al internacionalismo, ni a un pensamiento desacralizado de los
clásicos, y en concreto del “Viejo”. Por su biografía, Trotsky pudo ser un
personaje mítico, pero en absoluto providencial. Con un maestro de la escuela
libertaria (Francecs Pedra), aprendí que antes que los líderes y que las
escuelas, estaban los intereses y las necesidades de los de abajo. Por lo
tanto, líderes y escuelas se justifican únicamente en la medida en que
contribuyan a dicha causa, y no al contrario, en la medida en que son capaces
de asimilar críticas, rectificaciones, e incluso rupturas. Lo que no pueden ser
--como dice Luis Eduardo Aute en su canción-- un asiento para sentarse. Una
manera paradójica de ser conservador: hacerlo ”sentados” desde una
presunta ortodoxia revolucionaria desde la cual albergarse de los problemas que
plantean dar alternativas a las luchas que están surgiendo aquí y allá, de una
manera casi imperceptible, como lo hace la yerba cando crece al decir del
bisabuelo Karl Marx..
Claro, al igual que quiero lo mío (mi madre,
mi pueblo, mi tierra, mi mundo), también puedo querer "mi
partido", y precisamente, como en los demás casos, no estoy obligado
a negar sus puntos oscuros y errores, y a diferencia de mi madre, mi
pueblo, lo puedo cambiar, y la verdad es que si no lo he hecho, no ha sido por
faltas de dudas; y más por sus propios desafueros que por la hostilidad
exterior. "Mi partido" nunca llegó a ser tal en el sentido
patriótico, si acaso fue una propuesta, y una opción libre. Para Trotsky
el bolchevique lo fue, hasta que dejó de serlo. Entonces trató de reformarlo,
hasta que creyó que eso era imposible. Entonces intentó crear otro; todavía se
está en ello, ahora cuando la urgencia no es anteponer una rectificación plena
al estalinismo sino contribuir a la creación de una alternativa al desastre
existente.
Se trataba de una apuesta
histórica inconmensurable…
Pero corto aquí, Y como decían en los
“tebeos”, continuará…
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