Richard Widmark, uno de los grandes.
del que recuerdo haber leído una entrevista en la que exaltaba la política de
Pero al margen de todo
esto, Richard Widmark rodó más de 70 filmes e interpretó a algunos de los
villanos más estremecedores de la historia del cine y realizó interpretaciones
inolvidables en buena parte de ellas, incluso en las malas él podía ser la
excepción. Como tantos de los actores de su generación, se formó en la
radio y en las tablas del teatro antes de asomarse a las pantallas de cine. El
trabajo de su padre, viajante de comercio, propició que creciese a lo largo del
Medio Oeste estadounidense, y tras graduarse en Princeton, obtuvo una beca en
el Lake Forest College de Illinois para dedicarse a la interpretación, de la
que ya no se separaría jamás desde que en 1938 haría su presentación en la
radio neoyorquina y participaría en diversos seriales como Stella Dallas (de la que King Vidor haría una magnífica adaptación
con Bárbara Stamwyck como protagonista...Pasó de Broadway al cine, y
debutó por la puerta grande encarnando al personaje del desalmado asesino Tommy
Udo en El beso de la muerte (Kiss of
Death, 1947), un “noir” mítico de Henry Hathaway con doble fondo ya que al
final, el gángster que tira a la anciana inválida (Mildreck Dunnock) por
las escaleras, tiene un código de honor más integro que el delator Víctor
Mature.
En un solo año (1950),
Richard Widmark trabajará en cuatro películas que cuentan con un lugar en la
historia del cine: en el drama bélico Situación
desesperada (Halls of Montezuma, USA, 1950). de Lewis Milestone que hizo
sus principales aportaciones a la pantalla en este tipo de película; Un rayo de luz (No way, USA, 1950),de
Joseph l. Mankiewicz, uno de los primeros y más rotundos alegatos antirracista
del mejor cine liberal norteamericano, y en donde Widmark encarna un personaje
odioso, y según ha contado su compañero, el debutante Sidney Poitier, Richard
le pedía disculpa por lo que se veía obligado a hacer delante de las
cámaras; Pánico en las calles,
quizás el mejor Elia Kazan de la primera época, con una pareja mítica de
delincuentes, Jack Palance y Zero Mostel; y Noche
en la ciudad (Night and the City, 1950), realizada en los inicios de su
exilio por el mejor Jules Dassin, ya con un pie en el exilio, obras de primera
magnitud, todas ellas justamente, y todas en un solo año.
De una
categoría similar fue La ley del talión
(The last wagon, USA, 1955), uno de los grandes western que Delmer Daves rodó
en los años cincuenta, de grandes paisajes, historias turbias, y denuncia antirracista
efectuada de manera enérgica, con un Richard Widmark en verdad pletórico como
un mestizo que ha aprendido a sobrevbivir…
De la mano de otro gran
especialista, John Sturges, trabajará en otros dos títulos más que notables, El septo fugitivo, así como Desafío
en la ciudad muerta, a la que no le viene grande la consideración de obra
maestra. Antes lo había hecho con Henry Hathaway en el muy extraño El jardín del diablo, al lado de
Gary Cooper y Susan Hayward, no menos inolvidable, sobre todo por el
tratamiento del paisaje. En El Álamo,
repitió un “cliché”, película de flagrante falsificación histórica y apología
colonialista, se dice que John Ford rodó algunas escenas, y Richard volvió a
estar magnífico. A pesar de la falsedad de toda la película
De este tiempo que sigue
quedaran algunos grandes trabajos su papel en otra obra maestra de John Ford de
1964, El gran combate (en realidad, Otoño cheyenne), que si bien,
cinematográficamente pudo ser superada por otras suyas, ésta representa una de
las más noble contribuciones que el cine ha hecho a la cusa de los nativos
norteamericanos, quizás la más fehaciente de las denuncias que el cine haría
desde que a principios de los años cincuenta, el western inició una revisión de
sus postulados racistas con filmes como La
puerta del diablo, de Anthony Mann, Flecha
rota, de Delmer Daves, Apache, de Robert Aldrich. Con Ford, Widmark ya
había trabajado en uno de sus trabajos más memorables, una visión más densa y
matizada de la colonización y del tema indio, Dos cabalgan juntos (Two Rode Together, USA, 1961), con
interpretaciones antológicas de Widmark y de James Stewart, amén de colar un
escupitajo contra la burguesía, contra los tipos que todo lo miden por el
dinero.
Todavía rodó algún que
otro película del oeste más o menos estimable como La ciudad sin ley (Death of a Gunfighter, USA, 1969), comenzado por
Donald Siegel pero acabado por Robert Totter aunque en algunos lugares la firma
que aparece es la de Allan Smithee, y habría que revisar Cuando mueren las leyendas (When the Legends Die, USA, 1972), un
western crepuscular de Stuart Millar, aunque la acción se desarrolle en los
años setenta, en el que nos cuenta la historia de un niño indio, arrancado por
su abuelo de la vida solitaria en la montaña, al morir sus padres en la
reserva, y que acaba trabajando para un cowboy beodo (Richard Widmark), experto
en rodeos, que le ofrece el trato de salir de la reserva a cambio de trabajar
para él. Sin ser nada del otro jueves, era una película interesante, de
fuerte contenido antirracista.
Creo que la culminación
final de la carrera de Widmark se dará con Brigada
homicida (Madigan,1968), toda una denuncia soterrada del empleo de policía,
de la jerarquías en el cuerpo, y de la infelicidad de unos hombres que se la
juegan a sabiendas que son meras marionetas. Alfredo Bryce Echenique escribió
un magnífico artículo sobre ella, recordando que en el curso del mayo francés
unos estudiantes apedrearon el cinema que la daba, cuando en realidad se
trataba de una película subversiva; en 1973 se realizaría una versión
televisiva en la que Widmark encarnaba nuevamente al personaje del detective
Madigan.
Pero por encima de
toda ese listado, mi elección personal es por El juicio de Nuremberg (Judgment
at Nuremberg, USA, 1961), la obra más destacada del discutible Stanley Kramer
que, en este caso, contó con varios factores a favor, primero, un guión
increíblemente matizado para ser una gran producción de Hollywood, luego un
equipo técnico de primer orden en el que sobresalen los actores, sobre todo los
que hacen de víctimas del nazismo. Los absolutamente memorables Montgomery
Clift y Judy Garland, dos “star” que sabía como pocos lo que era el sufrimiento
y la sensibilidad, dos seres humanos grandes que nunca se sintieron parte de
aquel mundo.
Aunque solamente fuese
por esta película, sería justo reconocer la gran labor cultural y civilizatoria
del mejor cine liberal norteamericano. Esta película llegó y llega las
muchedumbres, sobrecogió a varia generaciones de espectadores, y fue un
verdadero problema para el régimen franquista que no la prohibió para no quedar
en evidencia. La cortaron, mutilaron diálogos, trivializaron el título y
fue denostada por parte de la prensa falangista que sabía todo lo que el
franquismo debía al III Reich, un proyecto con el que la derecha española (y no
solo española, la norteamericana también), se identificó desde el primer al
día y lo siguió estando. Ahí está toda la historia de la División Azul.
Señalemos una vez más, que en la época de los procesos, la prensa adicta llevó
a cabo una campaña para que los mismos tribunales juzgaran…a las autoridades
republicanas exiliadas.
Con todos los
matizaciones que se quieren, mi personaje es el fiscal encarnado con una
notable variedad de registros por Richard Widmark…Es el que pone el dedo en la
llaga, el que incide en los datos, quien muestra su asco hacia los pactos que
se están fraguando entre bastidores.
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