llegó a tal extremo de convertir con los beneficios imperiales al Labour Party y a una aristocracia obrera que, salvo honrosas excepciones, raramente mostró inclinaciones internacionalistas.
Esta falsedad tiene una
importancia central en toda la historia revolucionaria rusa, de entrada, fue el
imperio británico el que, al tener financieramente cogido por su partes al
zarismo, obligó a este a emplear su ejército como carne de cañón en el curso de
la “Gran Guerra”…un desastre que acabaría facilitando el camino de la
revolución de febrero, y luego de la de Octubre. Pero la cosa no terminó aquí,
ni mucho menos. Sin la intervención del Imperio, los ejércitos
contrarrevolucionarios nunca se habrían recompuesto, de manera que la guerra
civil que acabó dejando al país en el abismo fue, en gran medida, parte de una
actividad “contra”, un primer ejemplo de una planteamiento estratégico que el
imperialismo priorizaría contra todas las restantes tentativas revolucionarias
hasta fechas bien recientes, anotemos sin más el papel de la “contra” en la
crisis social centroamericana o en las antiguas colonias portuguesas.
Estos detalles que se
suelen perder en las mesas de los historiadores que saben que su éxito
profesional depende mucho de su capacidad en deslegitimar la revolución,, han
sacado la cabeza a través de un documento descubierto por el “cold warrior”
moderno, Robert Service que en los últimos años ha pugnado por hacernos
olvidar los ciclópeos trabajos de autores como Isaac Deutscher y E.H. Carr y
ocupar su lugar en el entramado de la agitación y la propaganda académica
impuesta por la restauración conservadora llamada neoliberal. Informaciones
aparecidas en la BBC
y en el Dayh Mail, que nos llevan a 1918, cuando los
bolcheviques negociaron con Alemania una paz separada.
Al parecer existen
documentos que prueban que el gobierno británico quiso impedirlo
ejecutando a Lenin y un agente, Robert Bruce Lockhart, laboró allí para
derribar al gobierno e instaurar otro que diera marcha atrás. Lo hizo en
colaboración con otro espía, Sydney Reilly, contactando con un opositor a los
bolcheviques, el antiguo terrorista populista y en 1918 ligado a la derecha
liberal, Boris Savinkov, que planteó asesinar sus líderes. El ministro inglés
Lord Curzón ratificó el plan: “Los métodos de Savinkov son drástico, aunque si
tienen éxito serán probablemente efectivos”, escribió. Lenin sufrió un atentado
en verano víctima de los disparos de una mujer y la policía rusa detuvo a
Lockhart. Éste confesó el plan, pero partió de Rusia con un canje de
prisioneros y en Lockhart 1932 publicó Memorias de un agente británico y negó su implicación en el
asunto (lo atribuyó a Reilly).
Curiosamente, resulta
que el conocido cineasta Michael Curtiz había realizado en 1934 una
adaptación cinematográfica de las memorias del agente británico, quien por
supuesto, narra los hechos como si se tratase de una aventura en la que le
tocaba el papel de galán. La película se llamó El
agente británico (British agent), y fue una producción de la Warner. El guión sigue
la historia contada por Robert Hamilton Bruce Lokhart, que es representado como
un auténtico agente al más alto nivel que había prestado sus servicios a la
coalición antibolchevique, y que ya entonces fue acusado de de estar detrás del
atentado eserista contra Lenin. Lokhart fue finalmente excarcelado a
cambio de varios oficiales soviéticos que estaban en manos de los
británicos, aunque antes fue juzgado y sentenciado a una muerte que quedó
pendiente. Pero el caso es que de esta obra se creó una variación en la que no
faltaba un romance, aunque la mayor curiosidad fue la aparición de varios
personajes del momento, entre ellos Lenin, encarnado por Tenen Holst mientras
que Trotsky lo fue por el versátil J. Carroll Naish. Lokhart tuvo el rostro del
carismático Leslie Howard, un actor y cineasta de notable personalidad, así
como un aventurero que falleció al inicio de la II Guerra Mundial en el
curso de una misión secreta…Sin ser una película política en sentido estricto, El
agente británico no
ofrecía ninguna duda sobre quienes eran los buenos. Evidentemente, Curtiz ya
había olvidado por entonces su destacado papel en la revolución húngara de
1918.
De todas estas cosas
habrá que volver a hablar para comprender el siglo XX…
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