Notas sobre el pobre de Asís en el cine
responde: “Hijos míos, aquí tenemos de todo menos curas”, o de frases populares, como aquella que pone en boca de un clérigo esta: “Hijo mío, tú tienes que hacer lo que yo te diga y no lo que yo hago”.
Una verdad aproximada de historias de la que muchos hemos sido testigos,
en mi caso allá en la segunda mitad de los años cincuenta en la Puebla de Cazalla, Sevilla.
Por aquel entonces nos llegó un ayudante del párroco oficial –un tipo al que
únicamente le importaba acaparar y quedar bien con los feligreses mejor
situados-, y empezó a dar trigo antes que predicar. Daba comer a hambriento,
sus zapatos al descalzo, su ayuda a los enfermos, su comprensión a las
magdalenas de lugar, etc., etc. No pasó mucho tiempo sin que el grupo social
beato moviera Roma con Santiago para echarlo del pueblo. Se llamaba don Ángel,
y según noticias, como muchos otros, acabó dejando el sacerdocio para dedicarse
a la causa obrera.
Esta y no otra es la madre del cordero en un país católico como se
proclamaba aquella y esta España. La misma Iglesia que consideraba pecado una
falda corta pero no matar campesinos. La de Cañizares que protesta rezando por
un gesto amoroso pero que da las espaldas y blasfema contra los refugiados
tachándolo de peligrosos….
El de Asís representa una de las
opciones prácticas más
opuestas a la premisa hobbiana
según la cual “el hombre es lobo con el
hombre”. Y está claro las pistas
“franciscanas” pueden reconocerse a través de grandes opciones actuales
como la
Teología
de la
Liberación, el pacifismo y el ecologismo, o más
llanamente, en las tradición creada en su propia ciudad, centro de animación de
toda clase de manifestaciones contra las guerras, la última, especialmente
masiva, en el 2003, contra la agresión
de la administración Bush jr contra el pueblo de Irak, hecho calificado
abusivamente como guerra.
Nacido en la ciudad de Asís (1118), ya eternamente ligada a su nombre, la
cronología de su vida es incierta por las muchas leyendas
que circundan los
acontecimientos que se le atribuyen. Hijo de
un rico comerciante
afrancesado que fue apodado Francesco
(el francés), fue bautizado como Juan
Bernardone. Pasó su juventud
entregado a los
placeres del mundo,
y soñaba aventuras caballerescas.
Habiendo estallado una guerra Asís y Perusa, se aprestó a la defensa de su ciudad natal, y permaneció prisionero un año. En 1205 partió para combatir en Apulia
contra el emperador al lado de las aguerridas tropas pontificias,
pero después de una grave
enfermedad acompañada de visiones
y experiencias místicas, sufrió
un cambio radical en su vida.
Renunció a los bienes del mundo y abrazó una vida de pobreza evangélica al
lado de los pobres
y de los leprosos, condenados a vagar lejos de la
gente. “Nadie --escribe Barrows Dunham--
antes de aquel tiempo y nadie después de
él ha comprendido de manera tan clara y dulce que los hombres pueden ser
capaces de encontrarse en el mundo como en
su casa. Se ha
dicho que fue la primera mente moderna; pero es
clarísimo que aún estamos lejos
de su visión. Le seguimos en el tiempo,
pero más en distancia moral; y
hasta que hayamos hecho la paz con el
lobo, es decir entre
nosotros, no nos asemejaremos a él”
(Héroes y herejes, 1969, p. 273, Ed. Seix Barral,).
En su orientación
básica, sorteó la
herejía porque directamente no
estuvo en contra de nadie. No manifestó --como hicieron los cátaros,
tan próximos en las ideas y
en el tiempo
a él y exterminados sin piedad-
sus críticas a una Iglesia de la que
se distanció abismalmente poniendo en
práctica otra manera
de ver y tratar las personas, los
animales y las cosas. Cuando habla de Dios habla de todo ello, su Dios fue por ende más bien panteísta, a
través de Dios nos habla de una
comunión cósmica, de un sentimiento de amor infinito que se reconoce en una
«imitación de Cristo» llena de alegría y de
fe en el
otro, en lo otro.
Sin declarar su oposición al
sistema, el de Asís, empero,
permaneció ajeno a las
reglas establecidas, a la
doctrina y la
organización. En su
célebre “Testamento”, proclamó en
una reunión de su Orden en la que estuvo presente un
santo muy diferente,
santo Domingo, creador
de los “dominicos”, a los que el
Vaticano confió la
Inquisición, que Dios le dictó “que quería que fuese un pobre
y un idiota --un gran insensato-- en este mundo”, y rechazó «ningún otro sendero de ciencia que no sea éste».
Basada en un guión propio en el
que colaboran Fellini y Sergio Amidei
--responsables de Roma, ciudad abierta--, además de Feliz Morlion y Antonio
Lisandro. En las enciclopedias, esta película se registra ante todo porque
supone una adaptación del neorrealismo a un
cine religioso muy lejano del que
hemos analizado. Se habla de una realización humana colectiva y no de un
sometimiento. La tónica naturalista
comienza por el grupo actoral en el que el
único profesional es el inmenso
Aldo Fabrizi y Francesco fue interpretado por Fray Nazario, un franciscano.
Toda la
película respira sencillez y autenticidad
por los cuatro costados. Como
suele ocurrir con el cine religioso digno de tal nombre, Francesco... fue un fracaso comercial, careció de apoyos
de cualquier tipo y no se estrenó
comercialmente entre nosotros.
Rodada en blanco y negro
limpio y claro
fotografiado por Otello Martelli
en escenarios naturales, Francesco... rehúsa cualquier forma de
espectacularidad aunque sea
decorativa, se transpira austeridad, sencillez,
una convicción y una
autenticidad que será difícil, sino
imposible de encontrar
en el cine
religioso convencional, a veces
carente incluso de sentido del ridículo como es patente en la escena de la
llegada de Fray Ginepro desnudo porque ha regalado su hábito
a un pobre.
En el último capítulo cuanta como el grupo se despide de la Porciúncula para
predicar su obra por el mundo, y cuando los hermanos preguntan a
Francesco sobre el trayecto a seguir,
éste en respuesta les sugiere que den vueltas sobre sí y que tomen el camino en la dirección en que
indique su caída... Años después será Pasolini el que llevará el «método»
a dos de sus filmes con más profundo
contenido religioso, El Evangelio según San Mateo, y en Pajarillos
y pajarracos (Uccellacci e uccellini, Italia, 1965),
otro título ciertamente «franciscano»
clave en su filmografía. La
historia de dos
caminantes que discuten con un dicharachero cuervo
de izquierdas al
que acaban metiendo
en la cazuela se mezcla
con la
"florecilla" en la
que se cuenta la encantadora historia
de dos seguidores de Francesco --maravillosos Totó y Ninetto Davoli-- que
tratan pacientemente de hablar con los pájaros. Después
de descubrir que los
gorriones --los trabajadores-- hablan
dando sus peculiares saltitos, fracasaran en su empresa desde el momento en
que los halcones --los burgueses-- se
los comen porque la voracidad forma
parte de
su más profunda
naturaleza.
A continuación, el nivel artístico y moral baja
rotundamente con aportes como los siguientes:
--El pobre de Asís es curiosamente un nombre que evoca dos tiempos muy diferente en la
controvertida Liliana Cavani (Carpi, 1933), universitaria diplomada en
el Centro Sperimentale de roma, y una de las promesa femeninas del nuevo cine
italiano de los
sesenta y, finalmente, uno
de los nombres más execrables del cine moderno,
responsable de títulos tan abyectos como
Portero
de noche (1974)
o Más allá del bien y del mal (1977). Entre el primer Francesco (1966) y el segundo (1988) media
una evolución personal registrada
en la pantalla, y que va desde las izquierdas "contestarias"
hasta la conversión al catolicismo oficial y al sol que más calienta.. Convendría revisar aquel primer Francesco
que personalmente aprecié en su día,
y que significó el debut
de su directora en el campo del
largometraje, y que se trataba de una
modesta producción de la RAI. en la misma
línea que otro título suyo bastante apreciado entonces: Galileo (1969), que provocó reacciones
airadas en los medios eclesiásticos más conservadores. En este
Francesco, interpretado por el
actor-fetiche de la Cavani
entonces, Lou Castel, explora en
clave de docudrama una historia
que trata de ajustar a los cánones del rigor
realista, y le ayuda a conseguir
un reconocimiento por parte de la crítica, al tiempo que provoca
airada reacciones en la Iglesia oficial por subrayar justamente las
contradicciones existentes entre la actitud
del santo y la de la
Iglesia instalada, y por atribuirle a Francisco una tendencia
claramente anarquista.
A pesar de sus buenas intenciones, Francisco
de Asís no dejó de ser otra película
más de «estampitas» un poco más cara que
las habituales y con unos intérpretes
relativamente famosos como un
"malo" tradicional de Hollywood, Bradford Dillman
como Francesco, Dolores Hart
(seguramente la más singular de todas las Santa Clara ya que inmediatamente después
abandonó Hollywood para
ingresar en un convento), Stuart Whitman, Cecil Kellaway,
Finlay Currie (tan habitual en este tipo
de cine le
prestó su porte
de apóstol al
Papa Inocencio), y el gran Pedro Arméndariz en el papel del Sultán. Todo
un montaje espectacular debajo
del cual no
existía la suficiente convicción y coherencia con
el «mensaje» que se quería ofrecer. Aquí cabría
recordar otro curioso
producto que cuenta
una historia muy
franciscana, El hombre que no
quería ser santo
(The relutant saint, 1962)
que su director Edward Dmytryck, considera extrañamente como una de
sus mejores películas. Cuenta las
vicisitudes de una especie de
«tonto del pueblo»
(Maximilian Schell) de la Italia medieval que
acaba siendo santo
sin quererlo, y que, al parecer,
es una de las películas favoritas de su autor.
Notas
1. Animalismo. Actualmente resulta obvio que en el empleo secular del lobo como arquetipo del mal,
de la actitud
depredadora entre los humanos, existe una gran desinformación, un prejuicio ancestral que tiene su explicación en la
historia pero que no coincide con la naturaleza atribuida esta animal. En este sentido vale la pena películas como Los lobos no lloran (Never
cry wolf, USA, 1981), de
Caroll Ballard y producida por la Disney. La trama sitúa la
cuestión de este desprestigiado animal en unos términos muy lejanos a los
que concita la frase de Hobbes, y rompe una hermosa lanza en la
defensa de una especie que, como se encarga de demostrar la propia película,
será puesta en peligro por el propio científico desde el momento en que pone
sobre sus pista a los mercaderes deseosos de beneficios. Desde este último punto de vista, el autor de estas líneas recuerda una irónica
viñeta de Chumy Chumez en la
inolvidable revista satírica Hermano Lobo, clave para desmontar el
tardofranquismo. En ella un pájaro dice a otro: «Sabes que dicen que el hombre
es lobo con el hombre, pues con nosotros
es simplemente hombre, que es mucho peor".
En sus tratados en prosa, San Juan de la Cruz intenta adecuar su
propia experiencia mística y amorosa a los tratados teóricos que existían sobre
ello. No lo consigue más que en el comentario al Cántico espiritual, y sólo a
medias, pues él mismo lo avisa en el prólogo con que lo envía a la madre Ana
de Jesús, que era quien se lo había pedido: «Sería ignorancia pensar que los
dichos de amor en inteligencia mística, cuales son los de las presentes
canciones, con alguna manera de palabras se pueden bien explicar»: Eso explica
que dos de sus comentarios estén inacabados. La unión amorosa, mística o
humana, es siempre difícil de explicar. De ahí que sea tema intemporal de los
poetas y la intensidad de sus sentimientos, suprahumanos, ponen a San Juan de
la Cruz a la
cabeza de nuestros líricos amorosos.
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