En la fragmentada
historia de la izquierda radical española, la Liga jugó un papel, aunque ni la mitad de
importante como el pudo haber jugado de no desaparecer...
Aquella fue una época en
la que el movimiento obrero comenzaba a recomponerse aceleradamente dando la
espalda a la izquierda republicana tradicional, emergían las Comisiones Obreras
y la universidad aparecía como el foco de agitación más estable contra la
dictadura. Unas nuevas generaciones
reemplazaban a las que habían sufrido los
años más oscuros, y se manifestaba otorgando a la cultura y al debate político
una importancia muy acentuada. Se trataba tanto de recuperar la memoria (un
lugar en el que aparecían el POUM y las ediciones de obras de Trotsky) como de
encontrar un nuevo «mapa» en una situación internacional determinada por el
«equilibrio del terror», pero que se empezaba a mover, sobre todo en el Tercer
Mundo. La revolución cubana aparecía plena de vitalidad, abierta, y demostraba
que a veces las dictaduras no eran tan fieras como lo pintaban.
Su "prólogo"
organizativa fue el pequeño pero singular grupo posadista que no tuvo ningún
reparo en denominarse Partido Obrero Revolucionario (POR), con un paréntesis en
el que se afirmaba: «sección española de la IV Internacional»,
añadiendo a veces «(trotsquista)». Algunos de los componentes de este grupo
como Jordi Dauder, Lucía González, Diosdado Toledano y Antonio Gil, jugaron un
papel de primera magnitud en la
LCR La siguiente oleada trotskiana apareció en el seno del
FLP (ESBA en Euzkadi, FOC en Cataluña), un grupo que representó una tentativa
intensa de renovación de una izquierda republicana destruida (CNT) y aletargada
(PSOE), aparte de dividida, y que se cuestionaba abiertamente los aspectos más
estalinistas del PCE, «el Partido» de la clandestinidad. El FLP encontró sus
fuentes de energía en las revoluciones en el Tercer Mundo, en las diversas
aportaciones de la «nueva izquierda», y fue un activo impulsor de la difusión
cultural radical, auspició debates deslumbrantes en un medio tan apagado como
el del franquismo oficial (que a lo máximo que llegaba en este terreno era a
polemizar si el problema de España seguía vivo o no). Gracias al FLP sonaron
nombres como el de Lukács (a través de José Ramón Recalde), el cristianismo
socialista y Emmanuel Mournier (a través de Alfonso Carlos Comín), André Gorz,
Lelio Basso, o sea, del PSU francés y del PSIUP italiano. El hilo también
llevaba a Ernest Mandel, a las guerrillas peruanas con Hugo Blanco. Se puede
decir que, por entonces, toda izquierda que sin rechazar el marxismo quería
criticar el estalinismo, estaba obligada a hacer una visita a la tradición
creada por León Trotsky con muchas ayudas.
El concepto cobró mayor
actualidad cuando fue aplicado al sector «exterior» felipista. Dicho sector fue
punto de partida de un nuevo agrupamiento reunido en torno a la revista Acción
Comunista (AC), cuya primera editorial (1965) era algo así como una
reproducción ampliada y más elaborada de la resolución que sobre España adoptó
el Congreso de Reunificación de la
Cuarta (1963). AC, que en 1967 daría su nombre a un grupo
específico, acabó distanciándose de la Cuarta para optar por una línea más próxima a la
tradición luxemburguista y más de acuerdo con la idea de un partido
izquierdista amplio.1
En esta enérgica
evolución, la importancia de los escritos de Trotsky es más bien de orden
secundario; el encuentro con éste y con la tradición que representaba se hizo
primordialmente a través de la trilogía de Isaac Deutscher, cuyo enciclopedismo
contribuye a crear la imagen del trotskista ilustrado, amén de muy
sesentayochista por sus actitudes libertarias, lo que se ha podido definir como
un «izquierdismo razonable». El engarce con la Cuarta se hacía sobre todo
a través de la Liga
francesa. Creada, pues, bajo este signo, la Liga española carecerá del soporte de una vieja
guardia; sus «veteranos» son felipistas de mitad de los años sesenta. Serán
éstos quienes trataran de conferirle una primera fundamentación teórica propia;
no obstante, ésta será, al menos en los primeros años, plenamente deudora de
los franceses.
Su debut político será
fulgurante, apareciendo como una ruptura frente al paternalismo de los partidos
tradicionales, como un desafío abierto. Decir «Liga» era decir un proyecto para
crear el «instrumento de la revolución» desde la periferia juvenil al centro
proletario. La Liga
despliega un impresionante élan militantista y divulgativo coincidente con una
fase de incorporación masiva de una juventud izquierdista a la lucha, y refleja
todos sus sueños liberadores, como el feminismo, la libertad sexual, el
psicoanálisis, el rechazo del consumismo, etc. Todo ello como parte del
reforzamiento de las expectativas socialistas alimentadas por los mayos, las
crisis latinoamericanas, la revolución de los claveles, el cine político, la
irrupción del libro de bolsillo, etc.
A pesar de este primer
cisma, la Liga
se impone netamente respecto de otras variantes de pequeñas organizaciones en
las que la ligazón militante con la realidad es muy débil (como fue el caso del
POR posadista o del lambertismo). No creo que exista la posibilidad de
registrar el alcance de la implantación de la Liga en este primer período, pero, aun siendo un
grupo menor al lado de los más importantes, antes de la primera crisis se llegó
contabilizar solamente en el Baix Llobregat una cifra de setenta afiliados, en
la que la mayor parte eran jóvenes simpatizantes. Vistas en perspectivas,
aquellas crisis, como la que dio lugar a dos Ligas, la LCR y la Liga Comunista,
ofrecen la idea de una militancia con 40º de fiebre, sin una conciencia precisa
de las dificultades que comportaba la propuesta de convertir el derrocamiento
del franquismo en la apertura de un proceso hacia la revolución socialista.
Había una conciencia de
que se asistía a la «agonía de la dictadura», en particular gracias a las
crecientes energías militantes las luchas obreras podían alcanzar el
calificativo de «ejemplares» (hubo militantes que se hicieron como José Arán
(«Deguís»), José Borrás («Anarco»), Enric Montraveta, Pedro Navarro, etcétera,
que fueron expertos en el «oficio» de lograr que una «chispa» que encendían
empresas o cinturones industriales, la llanura de un sector), en la
universidad, los trotskistas podían radicalizar cualquier «movida» y se imponía
brillantemente en los debates. Algunos de ellos figurarán como líderes de la
experiencia autogestionaria de Numax, y aparecen como tales en la película de
Joaquín Jordá, Numax presenta...
En la Universidad de
Barcelona fueron celebrados oradores y polemistas militantes como el gallego
Joaquín Trigo («Trude») o el panameño José Eugenio Stoute («Tam Tam»), luego
uno de los animadores de Fontamara en una época en que el libro «trotsko» era
ampliamente perceptible en las librerías más avanzadas.
Se puede decir que las
audacias en la acción aparecían complementadas por las dotes de militantes
«palizas», muy leídos, especialmente atentos a cualquier debate, incluidos los
que se podían dar en cualquier parroquia y cine-forum, bien para galvanizar,
obligando a los líderes «reformistas» a emplearse a fondo, y muchas veces
desbordarlos, hasta el punto de que esto se hizo casi una tradición…
En el calor de las
luchas, el desbordamiento de las apuestas reformistas llegó a parecer
perfectamente posible. Hubo momentos en que las huelgas y las movilizaciones,
animadas por las corrientes izquierdistas y por sectores de las bases del
PCE-PSUC, sobrepasaron los propósitos pactistas y causaron un desbordamiento de
los planes de reformas. En ese estado de cosas, el trotskismo apareció como una
forma de marxismo libertario, opuesto a las «burocratadas», y con una creciente
capacidad de atracción que permitió creer en la posibilidad de estabilizar una
alternativa de izquierdas capaz de superar las componendas.
En estos primeros
tiempos, las rupturas podían llegar a verse como problemas derivados de métodos
con lógicas irreversibles, frente a las cuales únicamente cabía oponer una
lógica opuesta y más correcta de la que emergería la oportunidad de ocupar un
espacio decisivo en un territorio (todavía) ocupado por el PCE y por los
diversos maoísmos, o bien por algunos nacionalismos como el vasco. Sin embargo,
la crisis de 1973 provocó el distanciamiento de una franja significativa de la
militancia, y confirmó el estereotipo del trotskismo fraccionalista del que
nunca se acabaría enteramente de recuperar, un panorama ampliado por la aparición
de otras fracciones, comenzando por la Organización Trotskista,
que luego retomó idénticas siglas grandilocuentes del posadismo, PORE, y por
supuesto «sección» integral, y verdadero trotskismo, algo que se demostraba
acusando a los otros de falsos. La lista prosigue con las alimentadas desde
Argentina por Nahuel Moreno, con sus respectivas divisiones y fracciones, todas
auténticas. Luego siguen las británicas conectadas con Healy o con Militant, y
más tarde con el SWP de Tony Clift, que en estos momentos está constituido como
un colectivo llamado En Lucha (En Lluita, en Cataluña), muy activo y
disciplinado y, cuando menos, ajeno a las pretensiones de ortodoxia, y con
aportaciones propias generalmente bien valoradas. De todas ellas se ofrecen
algunos detalles en el apartado de los diferentes «ismos» surgidos del tronco
de la Cuarta,
un árbol genealógico que obliga a abreviar so pena de marear hasta al lector
más avezado.
La victoria de la
primera opción significó también el desaliento de muchos militantes que habían
hecho de la ruptura revolucionaria casi un modus vivendi. La historia, pues,
pasaba por el largo plazo, y durante más de una década la LCR, del brazo de otros grupos
del izquierdismo razonable, permanecerá como expresión de una izquierda
extraparlamentaria con la que se contaba en las luchas pero no en las urnas,
ocupadas por una izquierda cada vez menos transformadora y cada vez más
transformada; el «felipismo» será la medida de cómo el «socialismo», incluso el
socialdemócrata, podía ser invertido y convertido en algo muy diferente, si no
contrario. Los que quedan se enfrentaran a otra travesía del desierto de la que
parecen que tendrá una salida a caballo de la revolución en Centroamérica, o del
empuje de la movilización contra el ingreso en la OTAN, pero estas nuevas
derrotas acabaron por quebrantar seriamente a una generación que ya comenzaba a
peinar calvas o canas, mientras que las nuevas hornadas de militantes que
aparecen son bastante minoritarias e inmersas en un contexto de declive, y no
están, salvo contadas excepciones, por hacer de la militancia su manera de
vida, y las comparten con otras exigencias más personales animando tal o cual
sector en ebullición.
Aunque toda esta
historia quizás parece hoy más lejana que la de la Guerra Civil,
recordemos que desde los años ochenta la
LCR, junto con el MC, agrupaba algunos núcleos de activismo
militante que, entre otras cosas, insuflaba vida a una izquierda sindical que,
cuando menos, quitaba el sueño a los burócratas sindicales y daba la batalla en
la calle contra el desmantelamiento industrial. A pesar de que en realidad
contaban con una implantación reducida, se trataba de gente muy forjada, con
incidencia en sectores no organizados entre el personal que daba la cara en
todos los conflictos, aunque luego nadie los votaba. No obstante, estas
«pasadas por las urnas» (en expresión castiza de José Borrás) no eran
obstáculos para animar los cotarros combativos de sindicalistas, feministas,
insumisos, gays-lesbianas, okupas…; contaba con periódicos en Madrid (Combate),
Barcelona (Demà) y Euzkadi, de una rica revista de debate (Imprecor), etc.
Cuando mejor se vería la importancia de su presencia radical fue cuando su
ausencia debilitó -a veces de manera decisiva- la marcha ulterior de estos
movimientos.
Quedó claro que, si bien
la LCR estaba
hecha a la pluralidad, para trabajar lealmente como minoría, la dirección
verticalista del MC nunca haría lo propio. No hubo pues antídoto en el momento
en que dicha dirección tiró por la borda toda su tradición marxista para seguir
funcionando con una definición ideológica light pero con los hábitos
internistas clásicos; el grupo mantenía sus prerrogativas (un periódico, una
editorial), pero abandonaba la acción consciente y organizada.
El peso de la
restauración conservadora (del «nosotros» al «yo») había llegado incluso a
minar la voluntad organizativa que había hecho del socialismo, y la
organización llegó a aparecer como algo opresivo. Algo había de verdad, sobre
todo si consideramos que en el MC había una veta estalinista que todavía
funcionaba. Por más que la gente de base podría comenzar a pensar una cosa, al
final acababa aceptando las directrices de sus líderes. Éstos, antes de que «su
gente» pudiera optar por la Liga,
preferían la disolución. Dicha disolución afectó muy gravemente a todos los
colectivos sociales insumisos, y la vida personal se convirtió en una meta en
sí misma; no había que tratar cambiar el mundo -como se decía en una película
de Ettore Scola-, porque al final es el mundo el que te cambia a ti. Se trata
de una formulación propia de los ex comunistas, y hoy sabemos mejor lo que
significa: no hay más que ver la evolución «socialdemócrata» sin reformas del partido
de D’Alema.
Así pues, la Liga se desplomó justo cuando
su presencia era más necesaria para una recomposición que se aplazaba, pero que
se iba a mostrar más necesaria que nunca, y cuando comenzaba a cobrar alma y
cuerpo en algunos lugares como Andalucía. La caída produjo no una reacción,
sino un profundo desaliento; sólo una minoría muy exigua persistió en una
apuesta de reconstrucción.
No obstante, en
condiciones de adversidad muy similares, otras secciones de la IV Internacional
superaron embates similares y sobrevivieron, aunque notablemente afectadas. No
obstante, quizás quepa subrayar que el retroceso de la izquierda social fue
aquí más brutal que en otros países; aquí los que eran niños en la última
huelga general ahora casi peinan canas; después se «negocia» con cada vez menos
capacidad y fuerza, pero, aun así, era posible persistir aunque fuese con menos
exigencias. Sólo faltaba la vinculación orgánica y la voluntad de mantenerla,
pero para ello había que estar de acuerdo con el paradigma revolucionario, que,
en aquellos momentos de crisis, parecía extraviado, y optar por un pensamiento
fuerte se le antojaba a muchos un tren que ya no llevaba a ninguna parte. Sin
embargo, dicho tren convirtió en parlamentarios a los antiguos
extraparlamentarios, y, a todo esto, llegaron los nuevos vientos de Porto
Alegre.
Afectada por esta suma
de crisis, por un cansancio generacional, este escenario imprevisto sorprendió
a la dirección de la Liga
exhausta y con el paso cambiado. Había cometido la solemne estupidez de quemar
los barcos (o las barcas), de no prever la garantía de una asociación -una
fundación, lo que fuese- afiliada a la IV Internacional.
Esto impidió que hubiese una red de recogida en la hora del desconcierto. En
vez del reagrupamiento y el habitual furor polémico, llegó el estupor, un vacío
que impedía cualquier valoración para la que, se pensaba, se carecía de las
suficientes perspectivas.
A partir de aquí,
cualquier proyecto de recomposición únicamente podría venir a partir de una
resituación estratégica (una palabra que daba pavor a quienes, ante todo,
querían sobrevivir) y de un encuentro con las nuevas generaciones que, de
momento, no se veían en el reducido teatro de lo que se movía más allá de
algunos casos aislados. Muy poco en medio de un abrumador peso conservador, en
no poca medida derivado de las propias conquistas sociales de décadas atrás,
del «bienestar» de una clase obrera que ahora empezaba a perder más o menos
lentamente, y cuyos descendientes actuaban en muchos casos como hijos de papá
que querían que siempre fuera domingo. Y sin la energía básica de una juventud,
minoritaria ciertamente en momentos tan significativos como la campaña contra
la primera guerra del petróleo, apenas se podía pensar en algo que no fuera
apostar por preparar tiempos mejores en los que, de nuevo, luchar y transcrecer,
en consonancia, finalmente, con una nueva contestación provocado por las
propias victorias del neoliberalismo.
Los restos del naufragio
se refugiaron en grupos como el Espacio Alternativo, Izquierda Alternativa, el
Col·lectiu per una Esquerra Alternativa en Cataluña o la Plataforma de
Izquierdas en Madrid, y luego aparecieron grupos juveniles como Batzac, como
parte de un conglomerado trotskiano afín ahora delimitado no tanto por la
historia, sino por qué hacer frente a la globalización neoliberal. Entre los
primeros, algo estaba claro: tenían que vincular su apuesta de recomposición
con el proyecto «transformador» de IU como el «tercer partido», o sea, como una
opción alternativa a la «casa común» de la socialdemocracia light. Cabría
anotar que IU, con todas sus contradicciones, permitía unos grados de
democracia interna que al viejo PCE (y también al MCE) le habrían parecido
excesivas, y ello a pesar de la línea quebradiza de Julio Anguita.
Este camino de
recomposición vendrá duramente allanado por la intervención activa en las
Marchas contra el Paro, en ocupaciones como las protagonizadas en Andalucía y
en Barcelona (iglesia del Pi; un momento para hacer un homenaje al entrañable mossèn
Vidal, que seguía tan noble y activo como cuando daba cobijo a las primeras
comisiones obreras), en huelgas como la de Miniwatt, en la lucha por un
sindicalismo por otra globalización, abierto y participativo en la CGT a pesar de las tentativas
uniformistas del anarquismo más político-antipolítico, etc.
Esto ocurre en un
momento histórico en que la izquierda «realmente existente» carece del más
mínimo margen de maniobra para ofrecer aunque sean unas reformas sociales
dignas de este nombre, a lo más una gestión más abierta. Se olvida que,
históricamente, las mejoras sociales tuvieron lugar cuando el orden establecido,
aparte de tener miedo a la revolución, era sobrepasado por unas luchas sociales
que se expresaron en vísperas de los mayos del 68 como «huelgas salvajes», es
decir, que desbordaban la dinámica integradora de los sindicatos mayoritarios.
Dicho de otra manera, sin la existencia de poderosos movimientos sociales, sin
el desbordamiento de esos márgenes en los que la socialdemocracia en el poder
ni tan siquiera es capaz de hacer retroceder las privatizaciones, cualquier
tentativa de izquierdas por arriba está condenada a plegarse a la razón de
Estado y, a la postre, a oponerse a los movimientos, aunque los hayan apoyado
antes de ganar las elecciones. Los casos de Felipe, Mitterrand y compañía son
lo suficientemente claros como para saber lo que significan los gobiernos de
izquierdas cercados por la globalización capitalista y el unilateralismo
norteamericano.
La apuesta por conformar
una corriente alternativa en Izquierda Unida fue iniciada en un contexto de
final de época, en un vacío social que todavía no había comenzado a
reactivarse. Cuando Seattle apareció como un prólogo, la izquierda seguía
discutiendo todavía sobre las «terceras vías» al amparo de Clinton, y el PSOE
tenía la partida institucionalista ganada y sumaba «renovadores» de IU e
Iniciativa, ya volcada hacia el socialiberal Maragall y en la acaparamiento de
cargos institucionales, acérrima defensora de la burocracia de Comisiones
situada incluso a la derecha de la
UGT, como se confirmará en plena movilización contra la
segunda guerra del petróleo en Irak. Esta victoria acondicionaría el curso
mayoritario en IU y EUiA. Sin embargo, la expansión del movimiento por una
globalización alternativa, con su carácter internacionalista y sus evidentes
deficiencias organizativas (que ya no lo son tanto, por ejemplo en la
universidad), junto con las impresionantes movilizaciones contra el trasvase
del Ebro, contra el desastre ecológico neoliberal que ha tenido su pequeño
Chernobil con el Prestige y contra el fascismo exterior norteamericano,
permiten una lectura que no puede ser la de la resignación, ni tan siquiera la
de una nueva travesía del desierto.
No hay que ser
Nostradamus para prever el resurgimiento de una izquierda social animada por
unas nuevas generaciones que están dando sus primeros grandes pasos en la
recuperación de la pasión política. El pueblo vuelve a aparecer en las citas
históricas creando las condiciones para que la apuesta radical (la que va a la
«raíz», según Marx) vuelva a ocupar aquel espacio que el Manifiesto atribuía al
«partido comunista», la de tener una conciencia de conjunto, ser su fracción
más consecuente y decidida, un instrumento para orientar una estrategia de
avances y conquistas. Este «partido» está cobrando alas con la recuperación del
activismo político en las universidades y en las barriadas, en una nueva
generación de sindicalistas no resignados a la negociación pasiva de una suma
de derrotas devastadoras que apuntan contra todas las conquistas sociales
logradas desde 1945. Porque, por si alguno no lo sabe, está claro que con las
bombas contra los pueblos se están vendiendo medidas como la privatización del
Estado social, la flexibilización del mercado laboral, le destrucción de los
recursos naturales, etcétera.
Existen numerosos
referentes para este «partido», pero quizás el más idóneo e influyente haya
sido hasta ahora Refundazione, aunque este es un proceso que apenas acaba de
comenzar. Recordemos que en este «partido» coinciden algunos aspectos
primordiales, como a) la recuperación de las tradiciones revolucionarias en un
sentido plural, y por lo tanto del trotskismo que puede mantener lealmente sus
propias actividades como sección de una internacional; b) la claridad a la hora
de entender que no se puede pactar con el socialiberalismo, porque desde el
gobierno aplica medidas que la derecha no se atreve a aplicar, y porque para
hacerlo necesita domesticar y desactivar los movimientos; c) un planteamiento
no hegemonista, de impulso a los movimientos, de democracia directa y de
diálogo (contaminación; enseñar aprendiendo) con todos los activismos; y d)
compromiso activo con todos los encuentros y acuerdos internacionalistas,
respetando todas las corrientes radicales no hegemonistas…
Pero seguramente nos
estemos adelantando en un terreno histórico sobre el que se están dando todavía
los primeros pasos, y sobre el cual el lector encontrará reflexiones añadidas
en los epílogos que acompañan la reciente edición de Trotskismos, de Daniel Bensaïd, .uno de los
"maestros de pensamiento" de la actual izquierda anticapitalista
emergente que acaba de aprobar el examen de las elecciones presidenciales
francesas, sobre todo por su capacidad de movilización y por la riqueza y
ductilidad de su discurso.
Anexo
1. Una voz crítico a la
unificación me escribió en su día la siguiente nota. "Creo que es
necesario aludir a que en el seno de la
LCR hubo una resistencia organizada, una auténtica batalla
política, que produjo una tendencia organizada durante el congreso previo a la
unificación con el MC, en defensa de mantener una relación plena con la IV Internacional
(al menos la parte de la antigua LCR, o quienes lo desearan), como garantía
para la evolución política de la unificación y como válvula de seguridad para
reagruparse si las cosas iban mal). Recuerdo perfectamente que las
informaciones que ya teníamos sobre la evolución político-ideológica de la
cúpula de MC eran inquietantes. Dicha tendencia, fundamentalmente catalana
(estábamos, entre otros y otras, Brian Anglo, gente de la enseñanza, la gente
de SEAT, etc.), aunque no sólo, desempeñó un papel esencial en la recomposición
posterior de los trotskistas tras el fracaso de la unificación. Basta ver la
realidad actual del Col·lectiu per una Esquerra Alternativa… La gente de
aquella tendencia en defensa de la
IV impulsó el agrupamiento de posiciones en el proceso final
de la crisis de la unificación, y en el último congreso anterior a la
disolución (la tendencia en defensa de la organización política y la estructura
confederal, que permitió entrar en contacto con «Kemal» (Javier González Pulido)
y diversa gente de la antigua LCR de Madrid).
La gente agrupada en
esta lucha de posiciones constituyó una parte muy importante de la acumulación
de fuerzas que, tras la crisis de la unificación de LCR-MC, dio lugar a la
organización cuartista Izquierda Alternativa. Esta organización entró en crisis
posteriormente, dando lugar a las organizaciones actuales de la IV en el Estado español:
Cuadernos Internacionales (que comprende el Col·lectiu per una Esquerra
Alternativa) e Izquierda Alternativa (que comprende en Cataluña una parte de
los militantes de Batzac). Grosso modo, las diferencias políticas que
originaron tal separación fueron: distinto énfasis en la necesidad de
organizarse autónomamente como cuartistas, en combinación con la intervención
en marcos más amplios (IU); valoración desigual del papel de la clase obrera en
el proceso de lucha política y revolucionaria y sobre la necesidad de apoyar e
impulsar la corriente critica en CC.OO. (frente a los sectores que teorizaban
que la clase obrera ya no era sujeto revolucionario y se había adaptado a la
dirección burocrática y derechista de CC.OO. bajo el liderazgo de Antonio
Gutiérrez); diferencias de apreciación sobre los sectores de izquierda en IU y
en el PCE, para configurar una política de alianzas y la formación de una
corriente, que se materializó exitosamente en la creación de la Plataforma de Izquierda
-20% de los votos en la VI
Asamblea federal de IU-, que ha dado lugar en la actualidad a
Corriente Roja, en la cual militantes de Cuadernos y del Col·lectiu desempeñan
un papel destacado, y la corriente Espacio Alternativo, animada por militantes
de Izquierda Alternativa (Diosdado Toledano, carta de 4-5-03).
2. Bibliografía. La
mejor documentación sobre la LCR
continúa siendo la colección de su órgano central, Combate, que en su período
clandestino se puede encontrar reproducido en la página web de Viento Sur, la
revista teórica de Espacio Alternativo, cuya colección resulta bastante
representativa de un posicionamiento que toma a la IV Internacional
como un referente. Otro sector ha editado más modestamente Cuadernos
Internacionales con diversos números especiales, como el prólogo de Daniel
Bensaïd a la historia de la IV
de François Moreau, el trabajo de Enzo Traverso sobre Trotsky o los de
Albarracín-Montes sobre el capitalismo tardío. Entre los estudios sobre la
resistencia antifranquista, aparte de los ya citados sobre el FLP, hay que
anotar el de Valentina Fernández Vargas, La resistencia interior en la España de Franco (Istmo,
Madrid, 1981), y también dos aparecidos en Los Libros de la Catarata: Consuelo Laiz,
La lucha final. Los partidos de la izquierda radical durante la transición
española, y José Manuel Roca, El proyecto radical. Auge y declive de la
izquierda revolucionaria en España (1964-1992), que abarcan (casi) toda la
izquierda radical, enfocada además desde el ángulo de las ideas programáticas;
la extensa entrevista de Ernesto Portuondo a Jaime Pastor en la revista L’Avenç
(n.º 202). De momento, existe ya una tesina escrita, la de Aurora Luengo y
Concepción Lallana: La LCR
(1971-1978) (UCM, Madrid, 1979), y otra preparada por Ricard Martínez y Marti
Caussá, realizada bajo el prisma de los reconstrucción de la historia a través
de los documentos y tyextos escritos por algunos protagonistas…:
Una experiencia de la
izquierda revolucionaria en el Estado Español: la LCR (1971-1991). También se
puede encontrar una cierta información en dos libros del autor de estas líneas:
Memorias de un bolchevique andaluz (El Viejo Topo, Barcelona, 2002), un retrato
de época desde una experiencia estrechamente relacionada con las Ligas, así
como Miniwatt-Phillips: la memoria obrera (El Viejo Topo, Barcelona, 2003), una
evocación de una lucha obrera contra corriente que abarca desde la gran huelga
de 1975, a través de los recuerdos de los componentes de las Comisiones en la
empresa, sobre todo del cuartista Juan Montero («Johnny»). Y a titulo de suma
curiosidad cabe registrar la novela del jefe de la policía local de Gijón
Alejandro M. Gallo, que ha escrito una apasionante novela negra, Asesinato de
un trotskista, y en la que se ofrece sólido retrato de generaciones dentro de
una trama policíaca que se lee de un tirón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario