Serge y el POUM
revolucionario de gran experiencia”. Finalmente será Rodríguez Revilla el que en su elocución final, el que ofrezca mayores precisiones sobre el personaje,
Mi querido Andrés, mi viejo amigo:
Estoy muy preocupado por tu suerte, y más satisfecho todavía, al saber,
en fin, que estás en la gran tormenta, empleando como es debido tus minutos.
He vacilado en escribirte, dándome cuenta perfecta de la vanidad de las
palabras y de todo lo que se puede sentir, pensar y decir de lejos en momentos
en que sólo cuenta la acción. Dudo que tu mismo puedas escribir. Sin embargo,
hazme llegar algo y envíame vuestras publicaciones. Que me traigan algo del
aire tónico de una revolución en la cual yo creo desde hace cerca de 20 años.
Yo creo en ella porque conozco bastante a los obreros de España y la situación
general en que os encontráis, y porque, desde 1917, me parece que tenéis una
misión excepcional que cumplir en el Occidente enfermo. La gran enfermedad de
Occidente, esta descomposición del viejo régimen sobre el cual nacen fascismos,
es, al fin y al cabo, la debilidad de la clase obrera. En ninguna parte, salvo
durante algunos años en Rusia, nuestra clase ha estado a la altura de su
misión. La clase obrera ha dejado escapar las mejores ocasiones para poner fin
al caos, liberándose: se ha dejado llevar por charlatanes, ingenuos y cobardes,
y su carencia revolucionaria ha hecho la fortuna histórica de los Mussolini y
de los Hitler. Pero su debilidad se explicaba por la sangría que le había
afligido la guerra.
Hay que contar con los acontecimientos para conseguir hombres nuevos,
para formar en la hoguera misma el verdadero partido de la revolución llamado a
asumir todas las responsabilidades. Hombres de todos los partidos, de todas las
tendencias y de ninguna, lo formarán sin pensar demasiado en ello y
prodigándose en la acción cotidiana. En todas partes, en cada momento, hay
lugar para las iniciativas, el sacrificio, el valor, la inteligencia
revolucionaria: al poner cada uno lo que puede, vosotros veréis formarse en
todas partes los verdaderos cuadros del proletariado. A mi entender, la
propaganda debe dirigirse especialmente a estos nuevos militantes, sin conceder
demasiada importancia a la formación que tengan, con un espíritu fraternal,
decidido a disminuir todo lo que divide y a fortificar todo lo que une.
Después de esta lección yo creo que ya no se
trata de volver al punto de partida y que los elementos sinceramente
republicanos de la pequeña burguesía y la burguesía misma, bastante
inteligentes para tratar de economizarse una guerra civil todavía más atroz,
deben comprenderlo. Sólo la clase obrera puede vencer al fascismo: sólo ella
puede construir una república digna de ese nombre, una democracia que ya no
será una trampa. La clase obrera tiene el derecho al poder. Ella puede y debe
comenzar a curar sus heridas, a suprimir la miseria, a transformar la sociedad.
Vacilar hoy en este punto sería tanto como comprometerlo todo, porque no se
puede pedir a los obreros que se hagan matar si no tienen otra cosa más seria
que defender que la república de los señores Alcalá Zamora y Azaña. He visto con
alegría que las necesidades mismas de la lucha habían conducido al armamento
del proletariado, y después a medidas de nacionalización y de control obrero en
diversas esferas.
Quizás recuerdes que hace algunos años yo te
envié, desde Leningrado donde me hallaba entonces, casi como un prisionero, una
especie de mensaje que había de servir de prólogo a un librito mío que tú
tenían intención de editar: "Lenin en 1917". Yo te citaba las
primeras cartas de Lenin, escritas en los primeros días de la revolución rusa,
en Zurich. Yo las titulaba: "El arte de comenzar la revolución".
Armamento de los obreros, escribía Lenin en marzo de 1917, formación de las
milicias obreras, he aquí la única salvación. Ya está hecho. Ahora, a conservar
las armas recordando las experiencias de 1848 y de siempre: el pueblo lucha en
las barricadas y después los políticos escamotean el poder y hacen asesinar a
las vanguardias revolucionarias. Así se fundan generalmente las repúblicas
burguesas. Desconfiad, amigos míos: no hay que temer solamente a los generales.
Hay abogados más hábiles, mejor disfrazados, que mañana os pedirán que
devolváis los fusiles, que no vayáis demasiado deprisa y que dejéis intactas
las cajas de caudales. Después de correr el riesgo de ser asesinados, vais a correr
el riesgo de ser engañados.
Pero podemos tener en vosotros una inmensa
confianza. Vuestra salvación está en vosotros mismos. De vuestra firmeza y de
vuestra justa visión depende todo. No hay poder más legítimo que el de un
pueblo en armas y en estado de legítima defensa. ¿Qué instituciones obreras
pueden llenar en España las funciones que ejercieron los soviets en la Revolución Rusa?
¿Las alianzas obreras? ¿Los sindicatos? ¿Los Comités revolucionarios? No se
puede discernir de tan lejos vuestras posibilidades. Pero una cosa es cierta: y
es que so pena de ser vencida finalmente (incluso si comienza victoriosamente),
la clase obrera debe controlarlo todo por medio de sus organizaciones y la
iniciativa de todos: el poder, la producción, el ejército, el abastecimiento,
las comunicaciones. La clase obrera no puede contar más que con ella misma. El
Frente Popular no será útil sino en la medida en que esté controlado por la
clase obrera. Control obrero del poder, control obrero de la producción,
control obrero de las fuerzas armadas. Este último punto es indiscutiblemente
uno de los más importantes.
He leído que Ascaso ha muerto. Esa muerte me ha conmovido enormemente,
aunque sólo conocía de él su leyenda de militante. Los periódicos han hablado
de incidentes graves, provocados por otros anarquistas. Yo he recordado la
revolución rusa. Allí tuvimos también nuestros Ascaso, como Justin Jouk, que
después de salir de la prisión de Schlusselburg, sovietizó la ciudad pagando
con su vida; como Jelezn Ian, que expulsó a los charlatanes de la Constituyente
(muerto en Ucrania por los blancos). Pero no supieron salvar del desastre al
movimiento anarquista ruso, ni dar a la revolución proletaria todo cuanto su
capacidad les hubiera permitido porque los desordenados, los instintivos, los
sin escrúpulos, los incontrolables, acumulaban demasiados errores y algo peor.
Es necesario que esta triste historia no se repita en España. Si los camaradas
de la CNT y de la FAI saben imponerse una
disciplina de hombres libres en un período revolucionario, su influencia
constituirá un antídoto precioso frente a las tendencias estatales y
burocráticas del movimiento obrero: su colaboración vivificará la libertad
obrera. Yo pienso en todo esto con una tensión de todo mi ser. ¿Acaso el peligro
común, la común voluntad de vencer y de transformar el mundo, la comunidad de
sangre y de aspiraciones, ya que tanto para los unos como para los otros
"La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores
mismos", no son suficientes para reconciliar en la acción y por la acción
y la emulación al servicio de la revolución, a los anarquistas y a los
marxistas?
Bruselas, 7 de agosto de 1936
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