Fred Zinnemann, un cineasta a
redescubrir
títulos se distinguen por su preocupación ética de izquierdas (posibilista como no podía ser menos en un medio como Hollywood) y contribuyó a ampliar el horizonte social y crítico de una generación que, sometida por el franquismo, encontró en el cine una vía para adquirir una conciencia crítica y antifascista. Solamente el enorme prestigio conseguido por algunos de sus títulos es lo que explica que su filmografía llegara a nuestras pantallas, aunque fuese con algún corte que otro. Zinnemann fue nominado Academia hasta en siete ocasiones y logró dos estatuillas como Mejor Director. Así es que, por más que cierta crítica lo consideró academicista y convencional, lo cierto es que se convirtió en un sólido referente de cierto cine clásico de izquierdas.
De origen judío, la
trayectoria profesional de Zinnemann, comenzó cuando dejó sus estudios de
leyes para trabajar como cameraman. En los años veinte formó parte
de la vanguardia germana de la inquieta República de Weimar, actuó como
de cámara en la capital parisina y en Berlín (1927-1929), colaborando
especialmente con Robert Siodmak. Fred (de Fréderic) emigró a finales de los
años veinte a los Estados Unidos y se integró como documentalista en la Escuela de Nueva York. En
México rodó Redes un largometraje
para Paul Strand, según dicen las historias, estaba claramente influido por
Eisenstein. También dirigió una veintena de cortos, entre ellos That Mothers Might Live, con el que gana el primer Oscar de su
carrera; en 1951 conseguirá otro por su documental Benji, sobre los
minusválidos.
En los dos años
siguientes, Zinnemann alcanzará el cenit de su carrera con dos de las películas
más famosas de todos los tiempos. La primera es nada menos que Solo ante el peligro (High Noon, EUA, 1952), un
western trágico en el que se percibe claramente una analogía con el clima de la
“caza de brujas” presidida por el senador MacCarthy, con el apoyo de toda la
derecha norteamericana (resulta simbólica la implicación de algunos futuros
presidentes de la nación como Richard Nixon, John F. Kennedy, y del entonces
actor Ronald Reagan). Zinnemann negó que está implicación fuese suya, y lo
cierto es que el prestigio de esta película es igualmente imputable a otros
“actores” comenzando por el guionista Carl Foreman (que sufrió en su carnes la
represión), la presencia de un Gay Cooper (cuyo cáncer de duodeno le ayudó para
ofrecer la imagen del resistente que se impone a la cobardía y el “desencanto”) que entendió su papel a la perfección, la
música de Dmitri Tiomkin...el caso es que, más allá de los reparos críticos que
ha sufrido, se impone como un modelo narrativo que ha calado en varias
generaciones como señalaría acertadamente la equívoca Pilar Miró en Gary Cooper que estas en los cielos, sobre
todo porque lo mejor de la película es su título.
Le siguió De aquí a la eternidad (From Here to Eternity. EUA, 1953)una adaptación de la
novela de James Jones (un escritor bastante interesante, en particular la
autobiográfica Como
un torrente, uno de
los grandes títulos de Vincente Minnelli). En su momento, y desde la
perspectiva de un país como éste en el que el mando militar tenía un carácter
casi sagrado, la película de Zinnemann pudo verse como fábula crítica sobre la
mezquindad de una vida cuartelaría en la que los mandos eran unos cretinos.
Trufada de magníficas interpretaciones, conviene recordar que Zinnemann, gran
director de actores, impuso a Montgomery Clift, y consiguió que
Frank Sinatra (¿lo impuso la mafia como se sugiere en El Padrino?) se llevara un Oscar el Mejor Actor Secundario, aunque
se sabe que su elección fue una imposición de la Mafia como se sugiera
abiertamente en la primera entrega de El
Padrino. También se llevó un Oscar Donna Red por su papel de “mujer de la
vida”, aunque aquí la cosa fue mucho más suave, ya se sabe que se podía pecar
pero mencionar el pecado. El encuentro entre Burt Lancaster y Deborah
Kerr resultó una auténtica bofetada a las censuras, un momento en la historia
del cine que años más tarde homenajearía John Frankenheimer en la magnífica Los temerarios del aire (1969).
Antes había rodado la
menos ambiciosa, y también menos reconocida fue Tres vidas errantes (The
Sundowners, EUA, 1960), un filme nada despreciable sobre uno trashumantes esquiladores
de ovejas australianos que viven al día y estiman las pequeñas cosas buenas de
la ida, con interpretaciones de lujo de Robert Mitchum (la más apreciada
por el actor según declaración propia), Deborah Kerr y Peter Ustinov como
protagonistas.
En un lejano artículo
para Kaos (Monjas dudosas en el Congo belga),
me he referido ampliamente a Historia
de una monja, con
Audrey Hepburn.
Le siguió Julia (EUA, 1977) otra adaptación literaria, esta de una
parte de las memorias de Lillian Hellmann, interpretada por Jane Fonda, y que
penetra en dos ámbitos complementarios, su relación con Hammet (Jason Robards),
y su estrecha amistad con la militante antifascista Vanessa Redgrave, que
optará por dejar su vida de comodidades para luchar en la resistencia. Julia
contribuyó a la difusión de la obra de Lillian Hellmann, y contó -como de
costumbre- con grandes interpretaciones. Llegó a ser una de las películas
feministas más populares de su tiempo, y todavía se ve con agrado.
En los últimos años de
su vida se habló de él para una ambiciosa adaptación de La condición humana, de Andre Malraux, pero en la década de los
ochenta, un proyecto de este tipo, con militantes comunistas dispuestos a morir
por sus ideales era algo que ya no se permitía. El último fue Reds (1980), de Warren Beatty, y fue
víctima de una campaña denigratoria en la que intervino hasta el propio Reagan.
Sentir los sones de La
Internacional en la ceremonia de los Oscars no fue muy
diferente a cuando en 1965 la cantaron los extras de Doctor Zivago, de David Lean.
No hay comentarios:
Publicar un comentario