La Liga Comunista: gente especial
para más. Sin duda fueron mucho más numerosas en la última fase y, por supuesto, todas ellas eran conocidas por el apodo militante.
Había también un grupo inicial de
procedencia universitaria. Hacían acto de presencia en las asambleas de
comisiones y algunas de ellas, tomaban
la
palabra. En los setenta, la situación fue cambiando. Cada vez eran más,
aunque siempre en papeles más
subalternos, por ejemplo, en el Comité Central, al menos que yo recuerde de
manara estable, únicamente estaba
Meritxell que era toda una veterana. Pequeña, delgada, normalmente de buen
humor, aparecía a veces como el “alter
ego” de Colomar, su pareja desde 1964-65, una relación surgida al calor de los
inicios de la militancia.
Meritxell era la cabeza visible de
una familia de “clase media” comprometida hasta las cejas. Su casa en la calle
Loreto enfrente del cine y del bar del mismo nombre, fue un lugar de tránsito
de toda la caterva revolucionaria que le rodeaba. Fue uno de los escenarios en
los que se incubó el grupo “Comunismo”, si bien su enclave principal estuvo en
la calle Gelabert, donde Juan y Meritxell
vivieron durante este tiempo. Se ha
llegado a asegurar que en la reunión constituyente asistieron doce componentes,
como los apóstoles, detalle que otros testigos han negado.
“Carmen” se ganaba el sustento
trabajando en la industria farmacéutica, ejerciendo de subdirectora, de manera
que las reuniones del Comité local barcelonés (en realidad casi un Ejecutivo
catalán porque por allí pasaba todo), solamente podían comenzar a media tarde,
cuando ella quedaba libre.
Solamente estuvo “liberada”
por poco tiempo, el cometido no era precisamente un privilegio. En
algunas ocasiones de portavoz de propuestas elaboradas por Colomar, bien porque
éste estaba fuera o porque lo que tenía
era un mero borrador y prefería hacerlo conjuntamente…
Había cursado
periodismo, justo el año en que se inauguró la Escuela de Periodismo de la
Iglesia, la única que existía en Barcelona. De mano de su profesor y periodista
Santiago Nadal, comenzó a hacer prácticas
en la sección de Internacional de La
Vanguardia donde siguió trabajando. Fue la primera mujer de la redacción de
la posguerra –durante la guerra, la feminista y antifascista María Luz Morales
fue directora, un episodio que en la historia oficial del diario se presenta
casi como un atentado contra…la libertad- y con el tiempo en la trabajadora más
veterana de la plantilla.
Nadal era un monárquico de la línea
más liberal que ocupó cargo en el diario del conde Godó y durante cierto
tiempo, fue miembro del consejo privado del padre del actual monarca. Era un
tipo bastante culto que, entre otras cosas, contribuyó a la difusión de la obra
de Trotsky prologando la edición en Planeta
de La revolución de 1905, en
1965. Obviamente, Nadal tiraba para casa, pero se trataba de un trabajo que
demostraba una lectura seria y respetuosa.
Aunque podía aparentar lo contrario, Julia era de las no se arredraba con
el riesgo. Tomaba parte de todas las acciones que le eran posibles, muchas
veces desoyendo advertencias. Cuando estallaron las barricadas en París, se
marchó para allá a la aventura. Su compañero
Tomás Alcoverro rememoraba este viaje en el citado diario (01/08/2011) al
tratar de “los marginados de la plaza Tarhir”, y cuenta: “No me era difícil recordar una
cierta asamblea en el teatro Odeón de París durante la revolución de mayo de
1968, junto a mi compañera Miriam Josa. Aunque allí las discusiones fueran más
apasionadas porque se trataba nada menos que de cambiar la vida, pese a que nos
acechaban los gendarmes tras las barricadas del Quartier Latin”. Se cuenta que en esas
asambleas se mostraban tan escandalosos que los asistentes rogaron a los
españoles que callaran de una vez.
Su cosecha de anécdotas era considerable. Miriam tenía muchas cosas en la
cabeza y carecía de sentido del tiempo y de la orientación, de manera que raro
era que no llegara tarde o que no se extraviara con el coche, aunque siempre se lo tomaba todo con un toque
de humor inteligente así como con un cierto aire maternal. Con el asunto de la
puntualidad hubo sus más y sus menos, sobre todo considerando que a veces se
trataba de alguien –yo mismo-, que esperaba la entrega de un paquete de
propaganda. Dado que yo era lo contrario, se me encargó que fuera a buscarla a
su casa y de esta manera obligarla, algo que no era tan sencillo. Cuando íbamos
con el tiempo justo, casi siempre pasaba algo, una llamada del diario, una
peluca inadecuada, un recado obligatorio que había olvidado. Al final, se dio
el asunto por imposible.
Su horario nocturno le causaba líos para equilibrar el sueño y también
para situarse en el momento. Podía llamarte de madrugada porque se había
olvidado de la hora que era. Pero, al margen de estos detalles, su papel era
fundamental para mantener el engranaje organizativo catalán. El diario le
permitía bastante juego, salir y entrar,
guardar documentos internos y revistas de todo tipo, por ejemplo, tenía
casi la colección completa de la revista que durante muchos años editó con
mucho esfuerzo por el inagotable Pierre Frank, Quatrième Internationale. Como
“profesional” de la revolución, Julia no se parecía para nada a la
barahúnda de “pintas” que caracterizaba la mayoría del colectivo, incluyendo a
las camaradas que empezaban a tener un peso propio. Era una dama de aspecto
entre señorial y descuidado, correcta y educada, que añadía sal a un activismo
anónimo y tantas veces peligroso e ingrato. Le costaba atenerse a las manillas
del reloj, algo serio cuando se trataba del reparto de la propaganda. Pero no
había manera.
Visto desde la distancia, el defecto militante pasó como parte de una
manera de ser que se reparaba por su grado de entrega. Además, nadie imaginaba
quien diablos la iba a sustituir, esto sin olvidar su parte entrañable y
familiar, porque “Julia” era de las que no era ajena a tus posibles
dificultades. Miriam padecía problemas con el cuero cabelludo desde la
infancia, lo que la obligaba a llevar una peluca, un detalle del que pocos
éramos conocedores. Ella lo asumía sin aparente complejo, incluso como un
pretexto para la broma sobre su sempiterna impuntualidad: !Claro, como vosotros no tenéis que escoger peluca¡. Recuerdo al
menos una ocasión que causó sensación. Fue una mañana en el curso de un
congreso que ella inició la mañana con su albornoz impecable, su toque señorial
y sus pelucas de repuesto, atravesando educadamente los alborotados pasillos ocupados
por improvisados sacos de dormir desde los cuales emergían unos singulares
dormilones que la contemplaban con la sensación de que se habían equivocado de
película.
En cuanto a su trabajo, todo lo que leí me pareció de una seriedad que no
era la habitual en la prensa, adicta o cómplice, aunque cabe recordar que el
rechazo al franquismo había tocado
incluso a uno de los vástagos del conde,
el mismo que montó la editorial Euros que, entre otros títulos de
interés, publicó la biografías de
Malraux, de Jean Lacouture, con un episodio integro sobre Trotsky cuya foto fue portada en la revista Triunfo que reprodujo el citado texto,
pero especialmente, el “testamento” del
socialista de izquierdas holandés Sicco Mansholt, La crisis de nuestra civilización (1974), uno de los alegatos
ecologistas más influyentes de una época en la que la cuestión ecologista
comenzaba a plantearse.
Miriam siguió a “Carapalo” hasta el final, hasta que dejó la militancia
para seguir trabajando en La Vanguardia con su
habitual modestia, pero también con un rigor y precisión que llamaban la
atención en un diario que no se detenía en emplear las mayores vesania contra todo lo que oliera
a izquierdas desde Akenatón hasta Trotskly (comparado con Room por Eduardo
Goligorsky), y clavar agujas sobre un Manuel Vázquez Montalbán por poco más que
decir buenos días. Como había hecho desde el primer día, Miriam siguió haciendo
su trabajo en la cadena, el año 1988 viajó de nuevo a Paris para conmemorar el
veinte aniversario del mayo del 68. Por esta época comenzó una serie de viajes
a diversos países europeos, a la ex Unión Soviética y los países de llamado
“socialismo real”, África, Chile y China
y asistió a diversas cumbres de la ONU…
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Como aquella en la que llevaba la
furgoneta llena de propaganda que atropelló a una anciana en un cruce de la calle
Balmes. No se inmutó, bajó del coche, y
convenció un atribulado guardia urbano de que iba cagando leche porque tenía
que llevar urgentemente a su mujer al hospital. Y como muestra de que lo que
decía era verdad, le dejó en mano su carné de identidad y le juró que regresaba
al momento. Y así fue, dejó el coche con la propaganda en algún lugar después
de vaciar su contenido y cuando regresó al lugar del accidente al guardia
todavía no se le había marchado la cara de asombro.
En otra ocasión fue detenido en los
primeros días en que Martín Villa fue nombrado Gobernador civil y jefe
provincial del “Movimiento” de Barcelona en 1974, un “facha” digno de figurar en La caduta degli Dei, (Italia, 1969), de
Luchino Visconti. El caso fue que a Juan
José, el personaje le vino como anillo al dedo. Su método radicó en dejar
evidencia de que conocía algunos entresijos del “Movimiento” en la ciudad. Así lo dio a entender al policía que lo
“interrogaba hábilmente”, diciéndole al oído: Dile a Rodolfo de mi parte, que si
no se presenta ahora mismo, lo contaré todo, e insistió tan rotundamente en
ese punto que Juan José pudo regresar donde los del “aparato” todavía
permanecían limpiando de huellas el lugar y poder así tierra por medio.
En otra ocasión, cuentan que le gastó
una travesura al propio Ernest Mandel cuyas costumbres nunca dejaron de ser la
propia de la tropa, mientras lo conducía a una lejana ermita campestre dejando
caer gestos y palabras que podían indicar que aquello era un rapto. Ya he
contado, en otro lugar (Memorias de un bolchevique andaluz), la historia de la impresora del obispado de
Barcelona “confiscada” para una reparación gracias a una orden presuntamente
firmada por el señor obispo.
Como simpatizante, Dolors nos abría
las puertas de su rica mansión, situada en las proximidades de la entonces
Plaza Calvo Sotelo y al final, tenía que acompañarnos a la entrada para que no
nos extraviáramos por los pasillos y nos diéramos de bruces con su respetable
familia. También nos facilitaba un piso enorme del Ensanche, situado en la
calle Valencia a la altura de Balmes, que era la segunda vivienda de Víctor
Alba. En los pasillos se amontonaban los libros de Víctor que por entonces
escribía mucho y parecía que estaban allá a disposición de los visitantes.
Dolors no era lo que se dice una
persona discreta, por el contrario, le gustaba contarnos detalles sobre las
tertulias y las presuntas orgías que se montaban en el lugar. Según ella que
parecía saberlo todo, con la presencia activa de reputados intelectuales de los
que no les importaba que los trataran de agentes de la CIA dada la fama de Víctor en
este sentido. Como prueba de lo que nos contaba nos enseñaba las películas
pornos con su proyector, así como el
material erótico que utilizaban. Como la mayoría éramos jóvenes y
calenturientos, a veces las reuniones se transformaban en una bacanal de
risotadas y chismes. Era cuando me tocaba
ejercer de responsable severo, lo cual no siempre funcionaba. Con “El
Facha” la severidad era todavía más difícil ya que, en ocasiones, me lo
encontraba en plena faena con Dolors y en vez de cortarse ante mi presencia,
hacía justamente lo contrario, se ponía más vehemente y fetichista. Años más
tarde de todas estas historias, me lo encontré en 1988 en Mallorca y volvió a
dejar constancia de que era un tipo de lo más afectuoso.
Ella falleció tiempo después a
consecuencia de un cáncer de mamá.
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